Durante el período denominado como Bronce Final (aprox. 1250-750 a.C.) las comunidades de la Península Ibérica se desarrollaron desigualmente, creándose varias zonas culturales donde destacan la cultura de Cogotas I, el Bronce Atlántico y los Campos de Urnas. Las transformaciones de las sociedades peninsulares se aceleraron a partir del s.IX a.C. cuando los fenicios empezaron a llegar a la Península buscando metales y otras materias primas que obtuvieron a cambio de manufacturas de una calidad desconocida en occidente.

El resultado de este intercambio fue la creación a partir del s.VIII a.C. de una relación mercantil estable entre Fenicia y la Península que se plasmó en la llegada de población oriental que se asentó en este territorio. Durante más de un siglo, el comercio con el extremo occidente estuvo en manos fenicias, pero en el último tercio del s.VII a.C. las ciudades griegas comienzan también a beneficiarse de la lucrativa actividad económica.

Aunque se conocen comerciantes de varias urbes helenas, la que tuvo mayor influencia fue Focea que fundó una colonia; Masalia (Marsella) en el sur de la actual Francia, y después de un asentamiento estable en la costa catalana, Emporion (Ampurias). Desde estas bases, los griegos recorrieron toda la costa peninsular, buscando fundamentalmente la región más rica del momento, el floreciente estado del sudoeste al que denominaron Tarteso. Hasta la mitad del s.VI a.C. los foceos y los fenicios estuvieron presentes en esta zona.

Sin embargo, en ese momento se produjo una reorganización de los asentamientos y un empobrecimiento general del comercio, cuyas causas exactas no son del todo conocidas. Los historiadores han denominado a este proceso la crisis de Tarteso. La crisis obligó a los griegos a concentrarse en nuevas zonas de la Península, en especial en la costa levantina. El comercio fenicio también dejó de ser tan frecuente y se limitó fundamentalmente a la ciudad de Cádiz.

La influencia griega entre las poblaciones de la costa y el interior peninsular, junto con la fenicia, fue determinante en la construcción de las realidades sociales y políticas que se concretaron en Iberia y que encontraron las grandes potencias mediterráneas, Roma y Cartago, cuando en el s.III a.C. se disputaron el control territorial de la Península.

El bronce final y los comienzos de la edad del hierro

Tradicionalmente los historiadores han dividido de manera tripartita los últimos períodos que conforman la Prehistoria, la época conocida como Edad de los Metales. Las tres partes que constituyen esta edad son la Edad del Cobre (o Calcolítico), la Edad del Bronce y la Edad del Hierro.

Se trata, por supuesto, de una fragmentación arbitraria, ya que no existen rupturas de este tipo en la evolución histórica, pero que resulta sin lugar a dudas útil como instrumento pedagógico y académico. Asimismo, cada una de estas tres edades se dividió en otros tres períodos que recibieron la denominación de Inicial, Medio o Pleno, y Final. De este modo, siguiendo las convenciones tradicionales, el Bronce Final constituiría la tercera y última fase de la Edad del Bronce. Este período de la evolución histórica de la Península Ibérica se extiende cronológicamente desde mediados del s. XIII a.C. hasta, aproximadamente, la mitad del s. VIII a.C., y es al que se presta atención en las siguientes páginas.

Durante este período se produjeron en la Península importantes transformaciones. En este proceso de cambio resultan fundamentales dos aspectos. Por una parte, es imprescindible atender al desarrollo interno de las distintas sociedades peninsulares a lo largo del Bronce Medio. Por otra, es necesario valorar la influencia que la Península recibió del exterior y los cambios que supusieron la llegada de los nuevos contigentes humanos en los pueblos autóctonos. En este sentido, tres serán los aportes poblacionales básicos a destacar: la llegada desde Europa a partir de finales del s.XIII a.C. de una cultura que se denomina de los Campos de Urnas; el despliegue de las relaciones comerciales de los talleres metalúrgicos de la franja atlántica y, finalmente, la actividad mercantil de pueblos procedentes de la costa libanesa del Extremo Oriente, que reciben el nombre de fenicios, y se instalan en el mediodía peninsular en el último cuarto del s. IX a.C.

El resultado de la interacción entre los elementos poblacionales externos y las comunidades ya asentadas en el territorio será el surgimiento de varias áreas culturales distintas que los investigadores han podido identificar gracias a la información que aporta el registro arqueológico.

En buena parte de la zona interior de la Península, coincidiendo con la Meseta, se detecta una cierta homogeneidad cultural que los investigadores han llamado Cogotas I. Esta denominación proviene de la identificación de un tipo de cerámica en el castro de las Cogotas en Cardeñosa (Ávila). La distribución territorial de esta singular vajilla permite a los arqueólogos delimitar las regiones que se incluyen dentro de esta área cultural, que se desarrolla entre los siglos XV/XIV a.C., prolongándose hasta la primera mitad del s. VIII a.C.

Las técnicas de decoración que caracterizan la cerámica de Cogotas I son la excisión y el boquique, que consisten en la incrustación de pastas blancas sobre motivos geométricos realizados con impresión e incisión sobre el barro de los recipientes (ilustración 3). En cuanto a los recursos económicos , cabe destacar la importancias de la ganadería, complementada con la agricultura, ya que se han identificado estructuras de pozo, en el interior de las viviendas de estas comunidades, que posiblemente fueran silos para el almacenamiento de grano.

Parece que fueron las agrupaciones de cabañas fabricadas con materiales perecederos las que constituyeron la estructura interna de los poblados de estas sociedades, que establecerían sus asentamientos en las terrazas de los ríos, donde se practicaría la agricultura, y en lugares situados en alto, favorables para el desarrollo de la ganadería.

Dirigiendo la mirada al occidente peninsular se detecta un gran circuito de producción y comercialización de objetos de bronce, que no solo se limita a este territorio, sino que se extiende por la fachada atlántica europea desde el mar Báltico hasta el estrecho de Gibraltar. La fabricación de estas piezas de bronce precisaba de materiales, como el cobre o estaño, que favoreció la creación de rutas comerciales en las que se insertó el occidente peninsular. Como consecuencia, la mayor parte del registro arqueológico de esta región la conforman objetos de metal, destacando, por su volumen, las espadas.

No se cuenta en cambio, con demasiada información sobre los tipos de asentamientos, que se situarían próximos a las vías de comunicación y fuentes de recursos agrícolas y mineros. En este sentido, resulta interesante la escasez de registro funerario, que hace pensar en la existencia de prácticas de enterramiento que no dejaran restos arqueológicos, como arrojar los cadáveres a las aguas. Esta acción podría estar avalada por el hallazgo de abundantes armas en los fondos de las rías que, a modo de ajuar, acompañarían el destino de los difuntos. La importancia de la actividad metalúrgica del Bronce Atlántico queda atestiguada en la distribución de alguno de estos objetos metálicos en el interior peninsular, hallados principalmente en depósitos y tesorillos. Sin embargo, tras alcanzar su período de apogeo en el s.X a. C., estos círculos comerciales entrarían en crisis en el s. VIII a. C., coincidiendo, precisamente con la generalización de la presencia fenicia en la Península Ibérica y la introducción de piezas de hierro que superaban en calidad a las anteriores, fabricadas en bronce.

Centrando la atención en el noreste peninsular, será durante el Bronce Final, concretamente a finales del II milenio, cuando esta región reciba el aporte población de los Campos de Urnas. Estas comunidades, procedente de Centroeuropa, se asientan en primer lugar en el litoral catalán y se extienden posteriormente hacia el interior. Una característica importante de esta migración transpirenaica es la introducción de la incineración, que parece desconocida hasta entonces en la Península. Concretamente estos pobladores incineraban a sus cadáveres y depositaban sus cenizas en urnas cerámicas que se enterraban en extensos cementerios comunitarios, práctica que acabó determinando la denominación de esta cultura.

La progresiva entrada de estos grupos humanos no interrumpió el proceso de transformación de la población autóctona de la región. Además, su introducción apenas afectó al resto de la Península, pues su influencia solo se extendió por el valle del Ebro y desde allí, ya en territorio aragonés, penetró en Navarra y Álava, y hacia el norte del País Valenciano. Sin embargo, se documentan diferencias en las prácticas funerarias con respecto a los Campos de Urnas catalanes, producto de la adaptación de estos pobladores a las comunidades autóctonas donde se asentaban.

Las zonas que reciben influjo de los Campos de Urnas practican una economía de subsistencia que combina agricultura y ganadería. Junto al rito funerario, el aspecto más característico será el desarrollo de un urbanismo más estable, con una calle central y viviendas de planta rectangular adosadas unas a otras.

Convencionalmente se considera que tras el Bronce Final (mediados s. VIII a.C.) se produce la difusión del empleo de un nuevo metal; el hierro, dando comienzo a la considerada última fase de la Prehistoria: la Edad del Hierro. Esta división cronológica es, una convención práctica al historiador, ya que el uso del hierro no se desarrolla de manera sincrónica en todas las regiones peninsulares, y el comienzo de su uso tampoco supone el abandono de la metalurgia del bronce en las diferentes áreas culturales.

La difusión del uso del hierro en la Península Ibérica es tardía, ya que el nuevo metal posee un proceso de manufacturación más complejo que el cobre y bronce, requiriendo emplear hornos que alcanzan altas temperaturas. Actualmente, el origen de su uso se relaciona con la presencia comercial y colonial de fenicios y griegos en costas levantinas y meridionales de este territorio.

Con el hierro, la Península se incorpora a la etapa de la Antigüedad, donde los investigadores además de tener información proporcionada por el registro arqueológico, usan en sus estudios las fuentes escritas. Como consecuencia, a partir de este momento, se deja aparte las áreas culturales que la arqueología detectó en los distintos territorios peninsulares, para analizar comunidades y pueblos concretos, documentados en los primeros textos escritos.

II. Los primeros colonizadores orientales: la presencia fenicia en occidente

El Mundo Fenicio.

El término fenicio se usa para denominar a las poblaciones residentes en unas ciudades-estados del extremo oriental del Mediterráneo, a partir de las últimas centurias del segundo milenio, que se extendieron principalmente por la actual costa libanesa.

Estos núcleos poblacionales eran gobernados por monarquías hereditarias independientes, por lo que Fenicia nunca constituyó una nación. Igual sucedió con los cananeos (poblaciones que habitaron antes el territorio), las particularidades geográficas de la región determinaron la importancia que el comercio marítimo tuvo como actividad económica.

Parece que fueron los griegos quienes llamaron phíonikesa los habitantes de estas ciudades. Un nombre que pudo derivar del color púrpura phoinix con el que los fenicios teñían los tejidos que manufacturaban y que eran un artículo de lujo que vendían en territorios extranjeros. Esta denominación pasaría al latín con el término púnico (nombre convencionalmente aplicado a fenicios de colonias occidentales del Mediterráneo, principalmente a los cartaginenses).

Actualmente no hay acuerdo sobre las causas que propiciaron la diáspora fenicia por Occidente. Muchos autores apuntan a la presión de Asiria sobre las ciudades fenicias de la costa (como Tiro, Sidón y Biblos). Según esto la expansión fenicia al otro extremo del Mediterráneo habría sido resultado de la exigencia, por parte de Asiria, de materias primas, así como su presión militar y política que forzó a huir a las grandes masas poblacionales fenicias. Otros autores sostienen que un análisis de fuentes escritas orientales muestra que la actividad económica de ciudades como Tiro no se vio afectada determinantemente hasta la conquista de Nabucondonosor (s. VI a.C). También se apunta a otras hipótesis para explicar la expansión fenicia, como causas naturales (terremoto) e incluso que el vacío que dejaron los micénicos, pudiera afectar en la expansión comercial.

Considerando la inexistencia de acuerdo, se apuntan una serie de factores interrelacionados; externos e internos, que explican la diáspora fenicia. Así, la expansión de Asiria fue importante, e incluso determinante, pero solo como resultado del contexto político y socioeconómico de las ciudades fenicias en vísperas de la colonización.

Examinando las causas de índole interna que pudieron incidir en el proceso colonizador, cabe destacar primero, las implicaciones sociales, políticas y económicas que tuvo para Fenicia la reducción de su territorio hacia el 1200 a.C., por la desestabilización que produjeron los “Pueblos del Mar” en Próximo Oriente. Igualmente, se han documentado en esas fechas, importantes cambios climáticos con graves consecuencias demográficas y subsistenciales (sobre todo en Siria y Palestina) que provocaría una concentración humana en los territorios más favorables para la supervivencia, como la costa fenicia. Sin embargo, el cultivo del cereal no cubrió las necesidades de una población en continuo crecimiento desde el s. X a. C., ya que los cambios políticos y climáticos les arrebataron a las ciudades fenicias gran parte de sus fuentes de aprovisionamiento de materias primas.

En consecuencia, se concentró la población en la llanura litoral de la región, que provocó déficit agrícola y una superpoblación territorial. Entre autores clásicos de época tardía hay diversas menciones a este problema de sobrepoblación en Fenicia [Ej.: afirmación de Salustio que constata la llegada de los fenicios al norte de África (Cartago), por la necesidad de aliviar al país del exceso de población, y por el espíritu de conquista]. La información de las fuentes literarias queda en el registro arqueológico, pues entre los siglos XII y VIII a.C. se documenta una proliferación de asentamientos a lo largo de la costa, que confirma el crecimiento demográfico de Fenicia desde comienzos del Primer Milenio. Como consecuencia, aunque el factor demográfico solo se había considerado para explicar la colonización griega, también debe considerarse en el análisis de la colonización fenicia.

Por otro lado, las ciudades fenicias constituyeron centros manufactureros de objetos de lujo destinados al comercio internacional. Durante el s.IX a.C., estas urbes se convirtieron en proveedoras de estos bienes artesanales a las élites vecinas de los estados Orientales, ya que los productos eran el sostén de su dignidad, autoridad y prestigio.

Así, la distribución de estas mercancías llevó a la larga, a una mayor especialización artesanal y un incremento en la producción que favoreció la consolidación de la economía fenicia. Esta circulación de manufacturas de lujo se llevó a cabo mediante dos mecanismos de intercambio, no siempre fáciles de distinguir: el impuesto y el comercio. Como resultado las ciudades fenicias necesitaron controlar las rutas comerciales marítimas y terrestres que garantizaban obtener las materias primas y la distribución de sus mercancías.

Sobre los circuitos comerciales que desarrollaron las ciudades fenicias, destaca el que se centró en Israel (sobre s.X a.C.) de donde se obtenían productos alimenticios como trigo, miel y aceite, así como la zona del Mar Rojo y Ophir para obtener metales preciosos. Posteriormente, impedida esta primera red de intercambio por el devenir histórico de la región, se consolidó el eje comercial de Cilicia, el norte de Siria y la Península de Anatolia.

La documentación arqueológica y los canales asirios atestiguan la presencia de comerciantes tirios en el norte de Siria desde inicios del s.IX a.C. La localización de asentamientos permanentes en el golfo de Alejandreta aseguraba a Tiro el suministro de plata, hierro y estaño de Cilicia y Anatolia, mientras que los centros establecidos en el Éufrates controlaban el comercio hacia Mesopotamia y el sureste de Anatolia, de donde obtenían oro, plata y bronce, además de puntos de venta para sus productos manufacturados. La interrupción de este segundo circuito comercial favoreció el desarrollo del tercer y último: el Mediterráneo.

Desde el s.VIII a.C. el imperio asirio reorienta su demanda a las ciudades fenicias, interesado en materias primas como plata, hierro y cobre. El gran desarrollo de las técnicas de manufacturación fenicia permitió una oferta de productos comercializados a cambio de metales preciosos. Los hallazgos de estas materias metalíferas (sobre todo plata hispana y sarda) en regiones de Próximo Oriente, testifican la consolidación de este último circuito comercial que se extendió cada vez más lejos de sus ciudades de origen.

En esta empresa comercial era necesario contar con la aprobación divina y política, ya que estas entidades (templo y palacio) se beneficiaban del proceso mercantil. Sin embargo, la colonización fenicia, no fue una empresa únicamente comercial, ya que a los fenicios les convino establecerse permanentemente en ciertos lugares tras descubrir fuentes de aprovisionamiento de bienes. De este modo, la colonización conllevó también la creación de nuevas ciudades y la configuración de las instituciones que estas implicaron, ya que las colonias (fundadas a imagen y semejanza de la metrópoli) disfrutaban de autonomía. Es necesario destacar que la colonización fenicia nunca fue una expansión de tipo imperialista.

Para hacerse a la mar los fenicios contaron con una previa planificación (que iría adaptándose a las distintas situaciones encontradas en las regiones de llegada) y una serie de desarrollos tecnológicos. Así, herederos de las técnicas náuticas de sus predecesores cananeos, pudieron fletar naves mercantes con gran capacidad de carga, preparadas para largas distancias (ilustración 9) como testifican los pecios fenicios localizados en algunos puntos del Mediterráneo. La financiación de estas costosas empresas provenía de los círculos detentadores del poder político y económico, que en urbes fenicias eran el monarca y la aristocracia palatina.

Sobre las ciudades que participaron en la empresa comercial, lo estudiosos atribuyen a Tiro, casi exclusivamente, el proceso, ya que según la tradición es la fundadora de las colonias más importantes; Cartago y Gadir. A pesar de la importancia de Tiro en momentos de la expansión, es complicado aceptar que otros centros fenicios de la costa libanesa, sometidos a las mismas condiciones, no intervinieran en la colonización.

La expansión comercial fenicia, que se inició en el s. IX a.C., se materializó en un buen número de factorías y nuevas ciudades en el Mediterráneo central y occidental. La fundación de Kition en Chipre a mediados del s. IX a.C., además de convertirse en fuente de extracción de cobre, fue un paso más hacia el Egeo y las costas meridionales de la Península de Anatolia. En el Mediterráneo central destaca en la segunda mitad del s.VIII a.C. la fundación de Sulci en la zona meridional de Cerdeña. En el norte de África destacó Cartafo, fundada a finales del s.IX a.C., aunque también Utica, Hipona y Leptis Magna fueron núcleos destacados. Por último, los fenicios llegaron a la Ibérica, donde el material arqueológico aporta una cronología bastante temprana, como es el último cuarto del s.IX a.C. Parece evidente que la región se convirtió en el punto de partida de la empresa colonial hacia las costas atlánticas africanas.

Los Fenicios en la Península Ibérica

La presencia fenicia estable en la Península se desarrolla sobre todo durante el s.VIII a.C., aunque últimas investigaciones creen que las primeras actividades fenicias se remontan al s.IX a.C. Esta cronología es más aceptada por historiadores, aunque actualmente se debate sobre cuándo los colonizadores llegaron a las costas ibéricas.

La causa del debate es la gran distancia temporal entre la información del registro arqueológico y las fechas atribuidas por fuentes literarias a algunas de las fundaciones fenicias en el Mediterráneo. En la Península destaca el caso de Gadir (Cádiz) fundada según Veleyo Patérculo ( y otros autores como Estrabón, Mela y Plinio) en el s.XIII a.C. Esta referencia de fuentes clásicas haría de Gadir la colonia fenicia más antigua de la Península, pero el registro arqueológico no se remonta a una época tan antigua, ni en esta ciudad ni ningún punto del territorio peninsular, en el estado actual de la investigación.

Para reconciliar la información arqueológica (llegada fenicia en el último cuarto del s.IX a.C., y sobre todo s.VIII a.C.) y las fuentes literarias, algunos historiadores plantean que exista un período precolonial fenicio enn Occidente que se extendería entre los s.XIII y VIII a.C., caracterizado por un comercio de trueque muy simple que apenas dejó indicios arqueológicos (cuadro 3: comercio silencioso). La hipótesis de precolonización no sólo soluciona la divergencia entre las fuentes en Gadir, sino también en otros centros del Mediterráneo como Lixus y Útica, para las que autores clásicos dan cronologías muy tempranas que no se corresponden con el material arqueológico.

Los argumentos a favor de la etapa precolonial fenicia en Iberia, se apoyan sólo en el hallazgo de materiales arqueológicos descontextualizados, con datación anterior al s.IX a.C. en el sur peninsular. Pero las últimas investigaciones aportan datos que modifican las tradicionales cronologías y que pueden cambiar la visión actual sobre el período precolonial basado solo en hallazgos arqueológicos aislados y referencias de autores clásicos que no se pueden desvincular de la tradición de ennoblecer el origen de ciertas ciudades por su importancia en la Antigüedad.

En su expansión por el Mediterráneo los fenicios configuraron dos tipos de asentamientos. Primero establecieron factorías, centros en lugares de fácil defensa y con las estructuras necesarias para hacer transacciones comerciales con la población autóctona. Avanzado el proceso de expansión, cuando había mutuo interés en mantener relaciones mercantiles entre la población autóctona y colonizadores, fundaron colonias extendidas en un terreno más amplio, ya que poseían una población mayor por ser asentamientos permanentes.

Las colonias se configuraban, a veces, en poblados existentes de comunidades nativas mediante la creación de un barrio de colonos, inserto o independiente del hábitat indígena; sin embargo, este tipo de asentamiento también pudo ser de una nueva fundación. Generalmente, fueron los promontorios situados en las desembocaduras de ríos, islas próximas a las costas o penínsulas, los puntos elegidos para establecer las factorías y colonias fenicias. Esta privilegiada localización garantizaba el acceso a tierras de cultivo, recursos hidráulicos y vías de comunicación que permitían penetrar al interior, además de la protección que suponía establecerse en promontorios. La variedad de los enclaves fenicios prueba que los intereses de los colonos orientales, frente a la opinión tradicional, no se limitaba al comercio, sino que las causas de su llegada son más complejas, en muchas ocasiones, de verdadera migración poblacional que busca la riqueza agrícola y ganadera de la Península Ibérica.

A diferencia de la metrópoli, las colonias no tenían sistema monárquico hereditario, por lo que parte de la clase aristócrata fenicia tomaba el liderazgo en la configuración de la fundación. El establecimiento de estos asentamientos y factorías cerca de comunidades autóctonas favorece las relaciones entre fenicios y la élite indígena, favoreciendo un progresivo proceso de hibridación de ambas comunidades (cuadro: fundación de Cartago). La élite de la población autóctona se hace con productos exóticos (primero hechos en Oriente y luego fabricados en la Península), que como bienes de prestigio garantizaban su liderazgo en su comunidad. Los investigadores sostienen que estos intercambios se hacían en santuarios donde las divinidades de ambos grupos velaban por la viabilidad de los mismos y garantizaban la inviolabilidad y neutralidad de la transacción comercial.

En el caso de Cádiz, tras una fase de exploraciones, los navegantes tirios construyeron un santuario a Melqart en el punto suroeste de la actual Península de Cádiz (antes isla que se extendía frente al estuario del río Guadalete), concretamente en la Isla de Santi Petri; lugar que se convertiría en centro económico, y luego, originaría la colonia situada en el otro extremo de la Península de Cádiz, con una separación física entre núcleo urbano y santuario que se repite en otras ubicaciones del levante mediterráneo (ilustración 11). También junto al estuario del río Guadalete, en la cabecera de la bahía, se situaría otro asentamiento fenicio del s.VIII a.C., el llamado Castillo de Doña Blanca, punto de acceso a tierra firme y de contacto con la población indígena. Estos primeros enclaves no pueden desvincularse de la importancia de Huelva, con los distritos mineros de río Tinto y Aznalcóllar, que atrajeron a los colonos por su abundante plata y cobre. Además, el acceso a las riquezas del interior fue posible mediante los cursos fluviales, sobre todo el Guadalquivir, que conectaba con la alta Andalucía, donde estaba el centro minero de Cástulo en Linares (Jaén).

En esta misma zona, concretamente en el entorno que se extendía hacia el interior desde el antiguo Lago Ligustino que conformaba la desembocadura del Guadalquivir (paisaje muy distinto al actual), núcleo de la cultura tartésica, los fenicios posiblemente desde Cádiz, tuvieron una importante presencia desde época temprana. Así, en este Golfo Tartésico se documentan santuarios como en La Algaida (Sanlúcar, Cádiz), en el Cerro de San Juan (Coria del Río, Sevilla) o en el Carambolo (Camas, Sevilla), que sirvieron de sede al comercio entre fenicios y la población autóctona actual de ese territorio.

Tres serán las zonas de expansión fenicia en la Península. Primero en la costa andaluza mediterránea, donde se documentan asentamientos establecidos entre los s.VIII y VII a.C., como el Cerro del Prado, en la bahía de Algeciras (Cádiz); la colonia del Villar, en la desembocadura del Guadalhorce (Málaga); Málaga fue denominada Malaka; Toscanos a orillas del río Vélez (Málaga); Morro de Mezquillita y Chorreras, sobre el río Algarrobo (Málaga), Almuñécar, llamada Sexi, en el estuario de los ríos Seco y Verde (Granada); Baria, actual Villaricos (Almería); y Adra llamada Abdera (Almería) (Cuadro arqueología subacuática Cádiz).

En segundo lugar, los fenicios se extendieron por la costa atlántica de Portugal en un proceso posiblemente organizado desde Gadir. El material arqueológico de la fachada atlántica se data desde finales del s.VIII a.C., pero parece que fue a mediados del s.VII a.C. cuando se intensificaron los contactos por el interés fenicio en el estaño de la región. Pese a que el conocimiento arqueológico no basta, parece que existieron asentamientos en Tavira, cuya importancia la atestigua la construcción de una muralla en dos momentos distintos de su desarrollo; en Almaraz (en el estuario del Tajo) donde se accedería al oro y estaño del interior y en Santa Olaia (en el estuario del río Mondego). Además, de forma contemporánea a su expansión por la costa atlántica peninsular, los fenicios fueron a las costas africanas por su riqueza pesquera, y establecieron enclaves como Lixus y Mogador.

Finalmente, se documenta presencia fenicia en la costa levantina, desde Murcia al golfo de León, aunque al norte de la desembocadura del río Segura no se testifican centros permanentes. Además, a mediados del s.VII a.C. los fenicios se establecen en Ibiza (Sa Caleta), primer lugar ocupado por colonos en esta isla y enclave estratégico en las rutas de navegación hacia el Levante, la costa de Cataluña y el sur de Francia.

No existía homogeneidad funcional entre las colonias, porque las actividades económicas practicadas diferían. En la Península la explotación fenicia fue la obtención de plata, estaño y oro, pero la investigación reciente muestra interés de los colonos por el control de la producción agropecuaria de zonas que, según localización de la línea de costa antigua, estarían cerca del mar, pero que en ocasiones se encontraban en el interior del territorio. Además de la importante producción manufacturera, destaca el lugar que sobre todo a partir del s.VI a.C. tomaría la industria de salazón.

Cada poblado fenicio contaba con su necrópolis. En ellas las inhumaciones e incineraciones son simultáneas, aunque con el tiempo será el último método el que se imponga. Las sepulturas podían ser colectivas (en hipogeos) e individuales, normalmente las más numerosas (en tumbas de pozo, fosas, cistas de sillares e incluso, en época tardía, sarcófagos antropomorfos). Tanto los ajuares como el tipo de tumba son indicadores de la categoría social. Los ajuares más ricos tienen piezas importadas, abundan objetos de producción fenicia como la cerámica de barniz rojo, lucernas, jarras de boca de seta o trilobuladas, pebeteros, ánforas, objetos personales y joyas (ilustración 13). Se conocen bien las necrópolis de Cerro de San Cristóbal (Almuñécar, Granada), la del asentamiento de Morro de Mezquillita (Trayamar, Málaga) y la de Toscanos, en la ladera de Cerro del Mar (Málaga).

La colonización fenicia se desarrolló en el modo descrito hasta el s.VI a.C. donde se observa un cambio en el registro arqueológico. La transformación se aprecia en la reordenación del poblamiento fenicio, con el abandono de las pequeñas factorías y la concentración en los grandes centros urbanos (Gadir, Malaka, Sexi, Baria, etc.) así como en la disminución de la actividad minero-metalúrgica que supuso un aumento de la explotación de los recursos agrícolas y marinos, es especial la producción de salazón salsas de pescado. Las causas y consecuencias de la crisis se exponen en la sección final dedicada a Tarteso.

Es necesario señalar que la actividad fenicia tuvo consecuencias cruciales en el Mediterráneo y, sobre todo, en la Península. Sin menospreciar el desarrollo anterior de la población autóctona, la presencia de los colonos orientales modificó el devenir histórico de estas comunidades.

El innegable desarrollo tecnológico y organizativo que se debe suponer a estos pueblos que se desplazan a territorios alejados de sus orígenes, fue crucial a los cambios culturales de las comunidades indígenas peninsulares. Sin embargo, no se concibe la población autóctona como receptora pasiva de los avances fenicios, ya que es la interacción entre ambas poblaciones la que origina unas culturas y comunidades distintas a las que existían anteriormente.

La cultura resultante recibe el nombre de Tarteso y cabe destacar sus novedades más importantes. Entre sus principales aportaciones está la arquitectura monumental en piedra, la introducción de la casa de planta rectangular, el urbanismo, la difusión del alfabeto (que favoreció la necesaria comunicación que requieren las operaciones comerciales y sirvió también como herramienta de gobierno y de diferenciación social de las comunidades autóctonas). Los colonos fenicios también introdujeron nuevas especies arbóreas como la palmera, el granado y al higuera, y animales como la gallina y el asno, así como productos elaborados como el aceite y vino.

Destacar también que la abundante llegada de manufacturas orientales, entre las que destacan productos generados por la industria textil y tintorera, así como otros objetos de lujo como el vidrio de pastas de colores, la cerámica a torno, la metalurgia del hierro y el marfil. Más difíciles de rastrear pero también seguro, fueron los cambios en la mentalidad y religión, que testimonian la aparición (constatada arqueológicamente) de santuarios de tipo oriental con divinidades extranjeras, así como en cambios detectados en la arquitectura mortuoria, el ritual y el ajuar funerario, ahora más completo y con nuevos objetos (quemaperfumes y otros recipientes relativos a las libaciones llevadas a cabo para honrar al difunto).

III. El nacimiento de iberia: la colonización griega en el mediterráneo occidental

Los Orígenes de la Civilización Griega.

La civilización griega junto a la romana conforma el pasado común de la cultura occidental que se describe como “clásico”. El Mundo Clásico se origina en el surgimiento de lar primeras sociedades estatales en Grecia durante el segundo milenio a.C. El primer estado se desarrolló en la isla de Creta y se llamó Minoico en honor al rey legendario Minos. En ese período sitúan los griegos las fabulosas historias del monarca, así como del minotauro y su matador Teseo. Desde el punto de vista histórico, el período Minoico ocupa de 1800 a 1400 a.C. aprox. En esta época el centro político de la isla de Creta parece gravitar en torno al palacio de Cnossos, sede del fabuloso Minos. Además en este período nade la escritura en Grecia, con el sistema jeroglífico cretense y el lineal A, que sirvieron de herramienta administrativa al servicio de los gobiernos, afincados en los palacios.

Durante la segunda mitad del s.XV a.C. la hegemonía política pasó de Creta al continente con la fundación de nuevos estados englobados bajo la común etiqueta de micénicos. El nombre de Micénico lo recibe el período y cultura de una de las principales ciudades, Micenas, situada en la Península del Peloponeso (Ilustración 17) y que fue sede del mítico rey Agamenón, cuyas legendarias hazañas inmortalizó Homero en la Iliada. Otras importantes ciudades fueron Pilos, Tirinto y Argos (Ilustración18). El mundo micénico, que transcurrió entre el 1400 y 1200 a.C. supuso la división de Grecia e mucos estados que se vertebraban alrededor de una ciudad fuertemente amurallada, donde residía el rey y la aristocracia militar y desde la que se controlaba un territorio de tierras de cultivo y pastoreo de variable extensión. Se trata de entidades políticas herederas de la tradición minoica anterior.

La sede del gobierno de estos estados estaba en la ciudad, y en ella, en los palacios de los monarcas, que eran centros burocrático y administrativo, donde se almacenaba y gestionaba la producción del territorio que controlaba la ciudad. Asimismo, los palacios cumplían la función de centro religioso principal donde se celebraban los rituales más importantes de esta civilización.

Esta acumulación de recursos en los palacios permitió a los aristócratas dirigentes destinar parte de esos bienes al comercio y construcción de naves imprescindibles para desempeñarlo. Los micénicos se beneficiaron de las actividades comerciales y rutas marítimas desarrolladas por los cretenses, aunque consiguieron ampliar el volumen del comercio y la distancia a la que llegaron sus mercancías. Su presencia es importante sobre todo en Asia Menor, Chipre, la franja Sirio- Palestina, las islas del Mediterráneo central (sobre todo Sicilia y Córcega), así como al sur de Italia. Para que el intercambio llevó a marineros micénicos también a la Península Ibérica, como sugieren hallazgos de cerámica de esta cultura en Montoro (Córdoba) y Coria del Río (Sevilla).

Los poderosos estados micénicos sucumbieron a los cambios que sacudieron al Mediterráneo Oriental durante el período de crisis denominado “la crisis de 1200 a.C”.

Las causas exactas que llevaron a la destrucción y abandono de los palacios micénicos no está clara y se defienden diversas explicaciones. Para algunos historiadores, el final del período micénico se produjo como consecuencia de la llegada de pueblos invasores; los dorios , mientras que para otros el colapso se debió a luchas internas entre los campesinos y las oligarquías militares que controlaban los palacios. Otra hipótesis lo atribuye a catástrofes naturales. Independientemente de los motivos que produjeron la caída, no fue un proceso regional que afectó solo a Grecia, los palacios desaparecieron durante una crisis más amplia que sacudió todo el Mediterráneo oriental y que supuso el derrumbe del Imperio Hitìta en Anatolia, así como el debilitamiento de otras grandes potencias como el Imperio Egipcio y el Asirio. Una perturbación en el ámbito internacional provocada tanto por la llegada de nuevos pueblos (destacan los llamados “pueblos del mar”) y por el debilitamiento interno de los estados tradicionales de la zona.

La desaparición de los palacios se produjo a la vez que el despoblamiento de buena parte de Grecia, en especial, del Peloponeso, y la reubicación de poblaciones en zonas más elevadas y fáciles de defender, pero que permitían menos desarrollo que los pocos valles fértiles de Grecia. Asimismo, se abandonaron las prácticas económicas y administrativas desarrolladas por los estados micénicos, destacando la desaparición de la escritura y finalización del comercio de largo recorrido.

Así empieza un nuevo período caracterizado por la organización de la población griega en pequeñas comunidades campesinas (“demos”) que usaban la escritura y basaban su economía en la agricultura y ganadería de subsistencia. Los contactos comerciales con estas pequeñas comunidades se redujeron al mínimo. Este período histórico recibe el nombre de Época Oscura por la falta de testimonios escritos, y se le asigna una cronología aproximada del 1200 al 800 a.C., también se conoce por Época Homérica porque se supone que durante estos largos siglos de atraso cultural, fue cuando se forjaron las leyendas y ciclos heroicos que sirvieron para componer los más famosos poemas épicos de la historia; la Iliada y la Odisea.

A partir del s.X a.C., las pequeñas poblaciones del Período Oscuro contactan con el floreciente comercio oriental que llega a sus costas con marineros de la franja sirio-palestina, que los griegos llamaron fenicios. La colonización fenicia supuso, al igual que en la Península Ibérica, la reactivación de muchas comunidades donde empiezan a surgir individuos, los basileos, y familias dirigentes que concentran la producción y requieren objetos de prestigio que den testimonio de su nueva situación.

Un buen ejemplo de proceso es en el asentamiento de Lefkandí, en la isla de Eubea, así como en Atenas, Karphi en Creta, o Nichoria en el Peloponeso. Pronto las comunidades florecientes empiezan a ocupar los espacios fértiles que se abandonaron al final del período micénico, produciéndose un aumento de población y producción. Los excedentes sirvieron para aumentar el volumen comercial, creando enriquecimiento de familias privilegiadas, que controlan las comunidades y se convierten en una aristocracia terrateniente. Su poder deriva en buena parte de su posición como caudillos militares que monopolizan la defensa del pueblo.

A partir del s.IX a.C. muchas de las familias que controlaban a las pequeñas poblaciones aldeanas se van agrupando mediante acuerdos y pactos entre dignatarios, en comunidades más amplias. La unión se realizó entre grupos considerados descendientes de un mismo héroe legendario y que, frecuentemente, prestaban culto a divinidades comunes en santuarios tradicionales. EL final de este proceso fue el surgimiento de las primeras ciudades griegas (polis, poleis), dirigidas por consejos aristocráticos formados por los antiguos nobles de las aldeas de la Época Oscura. Las ciudades-estado eran independientes y autónomas. Entre las poleis más importantes estaban Esparta, Atenas, Corinto y Tebas, aunque su número fue muy amplio.

La aparición de estos nuevos centros de poder impulsó del todo la recuperación de Grecia con clara mejoría económica, el redespegue de la artesanía; empleada para el intercambio comercial, los primeros intentos de monumentalización y, finalmente, la reinvención de la escritura mediante el alfabeto fenicio. Este nuevo mundo que superó el aislamiento y atraso cultural y económico tras el final de los palacios micénicos, es ya una realidad distinta a la que historiadores han dado el nombre de Época Arcaica (Cuadros “La ciudad-estado griega” y “El sinecismo ateniense. La obra de Teseo”).

Grecia en Época Arcaica y Clásica

Habitualmente se sitúa el inicio de la Época Arcaica en Grecia a inicios del s.VIII a.C. cuando se produjeron los cambios. El Período Arcaico constituye uno de los más importantes de la Historia Antigua de Grecia, ya que en él se desarrollan las características que definen su civilización. La principal innovación es el nacimiento de las polis: ciudad-estado, la forma más genuina griega de organización política y social. En las polis griegas se creó el teatro, filosofía y democracia, se gestaron las artes plásticas, sistemas políticos, rituales religiosos y géneros literarios que, con variaciones, marcaron el desarrollo del resto de los períodos históricos de la Antigüedad.

El siguiente período es la Época Clásica y en ella los elementos anteriores se desarrollaron alcanzando su máximo esplendor. El límite entre la Grecia Arcaica y la Clásica, que no deja de ser una división arbitraria a los propósitos del historiador, se sitúa a inicios del s.V a.C., coincidiendo con la primera de las guerras que enfrentaron a los griegos con el Imperio persa, la Primera Guerra Médica (492-490 a.C.).

Durante la Época Clásica las ciudades-estado griegas se enfrentaron de nuevo y derrotaron al Imperio persa, en la Segunda Guerra Médica (480-479 a.C.) A pesar de la bonanza general, el período estuvo marcado por luchas continuas entre poleis por la hegemonía. Una lucha que confrontó también modelos políticos distintos, usados como sustento ideológico para el imperialismo. Los contendientes principales fueron Atenas (comandaba la liga Ático-Délica y defendía un sistema político democrático), y Esparta (frente a la liga del Peloponeso, promoviendo una organización política de carácter oligárquico).

El conflicto estuvo latente durante todo el s. V a.C. y se convirtió en una conflagración abierta a finales de la centuria. El largo enfrentamiento entre las dos ciudades y sus aliados, se llamó Guerra del Peloponeso donde ganó Esparta (431-404 a.C) Tras esto, se sucedieron las hegemonías de varias ciudades y sus ligas donde destacan la propia Esparta y Tebas.

La Época Clásica, que supuso el máximo apogeo de las ciudades griegas, finalizó con la ascensión del reino de Macedonia y la conquista de Grecia por el monarca Filipo II (360-336 a.C), padre de Alejandro Magno (336-323 a.C.). El reinado de Alejandro marca una nueva etapa; Época Helenística, donde las poleis de la Grecia continental perdieron parte de su predicamento, pero significó la expansión por Asia y África de las características griegas, en especial la extensión de la ciudad como institución política, social y económica fundamental. Las poleis griegas se sometieron a las grandes monarquías helenísticas que fundaron los generales de Alejandro Magno tras el reparto de las conquistas del malogrado monarca macedonio. (Ilustraciones 23- 24).

La Colonización Griega

Cuando se crean en la Época Arcaica, las ciudades griegas están dominadas por grupos de familias aristócratas que poseían los mejores terrenos de la comunidad, acaparaban los principales puestos religiosos y políticos y ejercían el control de la fuerza y defensa del pueblo. Por otro lado, el aumento de población producido al mejorar las condiciones de existencia como consecuencia de la fundación de las ciudades, no fue de la mano de una distribución más equilibrada de tierras de cultivo, siempre escasas en Grecia. Al revés, las familias aristocráticas implicadas en el nuevo y floreciente comercio mediterráneo, fueron aumentando sus predios para destinarlos a cultivos de producción exportable. El pequeño propietario fue el más perjudicado en el proceso que amplió las diferencias entre ricos terratenientes y campesinos. Esta marcada desigualdad en la distribución de riqueza y poder político provocó continuas discordias y luchas sociales internas que caracterizaron desde el inicio a las poleis.

Esta crisis interna empeoró a consecuencia del cambio en la forma tradicional de guerra a comienzos del período arcaico. Las primeras ciudades heredaron la lucha típica de las comunidades aldeanas de la Época Oscura y, se enfrentaron con ejércitos formados por aristócratas que se batían en combate singular. Pero algunas poleis idearon un nuevo sistema consistente en formar amplios batallones de infantería o falanges, cuya fuerza procedía de su número y capacidad para mantener cerrada e impenetrable una formación frente al enemigo (Cuadro “El Hoplita Griego”).

Los batallones acorazados de infantes griegos superaron fácilmente el modelo tradicional de lucha, de modo que las ciudades que luchaban con este innovador sistema derrotaron a las ciudades que mantuvieron pequeños ejércitos aristócratas, como en la Guerra Lelantina (finales s.VIII-inicios s.VII a.C.). El resultado fue que en poco, todas las ciudades adoptaron el sistema, convirtiéndose en la forma típica de hacer la guerra en Grecia que, con transformaciones, fue adoptada por Alejandro Magno y permitió sus grandes conquistas.

Este cambio recibió el nombre de “revolución hoplítica”, y tuvo cruciales repercusiones en todos los ámbitos de la vida cívica, sobre todo porque privó a los oligarcas del monopolio de la defensa de la comunidad. Los nuevos soldados, ya no solo eran miembros de familias aristócratas, sino propietarios con suficiente dinero para pagarse la costosa panoplia militar, pronto quisieron tener también participación en las decisiones de la comunidad. Los antiguos basileos no estaban dispuestos a ceder su posición en las ciudades, lo que provocó enfrentamientos sociales.

En este clima de crisis interna donde se inserta el comienzo de la colonización griega, es decir, la organización de emigraciones o expulsiones de ciudadanos griegos fuera de su territorio original, que debe entenderse como resultado de la compleja situación política, económica y social que estaba produciéndose en las comunidades griegas. Un caso muy conocido es la fundación de Tarento, única colonia espartana, constituida con jóvenes espartanos desclasados. Otro es la fundación de Cirene, producida por la terrible hambruna que azotaba la ciudad de Tera, que se vio obligada a desligarse de buena parte de sus pobladores.

Este complejo proceso histórico comenzó poco antes de la mitad del s.VIII a.C. prolongándose hasta el s.VI a.C. El primer asentamiento conocido se produjo en la isla de Pitecusa, actual Isquia, frente la costa italiana, en torno al 770 a.C. A mediados de s. VIII, se fundó Cumas, ya en territorio itálico. En ambas fue por la llegada de colonos de las ciudades de la isla de Eubea en el Mar Egeo. En el último tercio del mismo siglo, los helenos se establecieron en Sicilia: la ciudad de Calcis creó la colonia de Naxos y Corinto fundó Siracusa. Durante el s.VII a.C. se multiplican las colonias por el Mediterráneo central y oriental, en especial, en la Magna Grecia, Sicilia, Norte de África, Mar Negro y, algo menos, Mediterráneo occidental.

Aun así no es un movimiento orquestado centralmente, pues las poleis helenas eran en mayoría independientes y se lanzaron a la expansión colonial por necesidades internas, yendo a las zonas mediterráneas que les ofrecían más éxito. Esto explica, por ejemplo, que ciudades griegas poderosas como Atenas y Esparta, pudiendo resolver sus conflictos de modo distinto, tuvieran poco protagonismo en la expansión mediterránea.

En primer momento, el propósito de la colonización fue aliviar tensiones internas, y hizo desprendiéndose de parte de sus ciudadanos. Aunque la voluntad de comercio y enriquecimiento siempre estuvo, sin embargo, las motivaciones puramente mercantiles, como buscar metales u otras materias primas escaseantes en Grecia, sólo tuvieron protagonismo en un segundo momento iniciado a mediados del s.VII a.C. En este sentido, la colonización griega no tuvo tampoco como objeto transformar el mundo cultural de las sociedades con las que los helenos entraron en contacto. Los importantes cambios producidos en las poblaciones autóctonas fueron consecuencia inopinada del proceso colonial.

En su emigración por el Mediterráneo, los griegos crearon dos tipos de asentamientos. Por un lado, crearon ciudades con instituciones políticas, económicas y religiosas particulares, a imagen de sus ciudades de origen; las metrópolis. A estas urbes las denominaron con el nombre de apoikia. Al ser ciudades nuevas, pudieron emplear sus adelantos científicos, que les permitieron entre otros, llevar a cabo un urbanismo ordenado con calles anchas y organizadas en cuadrícula. Lo mismo con las instituciones que al ser nuevas, pudieron desligarse de los conflictos sociales de las metrópolis y diseñar gobiernos más participativos, por una mayor igualdad política, social y económica entre los ciudadanos. Por otro lado, junto a las colonias, se edificaron asentamientos menores que no eran ciudades, con objeto de que fueran punto de encuentro comercial con poblaciones locales, así como refugio y reabastecimiento para mercaderes, a esto denominaron emporion.

En la construcción de esta tupida red de enclaves por el Mediterráneo fue fundamental el santuario de Delfos, al que acudían las ciudades griegas cuando querían fundar una colonia para recibir información privilegiada de los lugares donde podían dirigir con éxito sus expediciones. Ya concluida la misión se solía volver para agradecer a la divinidad, así el santuario se convirtió en repositorio de conocimientos marineros y geográficos. Según costumbre, el dios Apolo se comunicaba mediante un oráculo que los fieles debían luego interpretar junto a sacerdotes, que con el saber acumulado proponían soluciones que desembocaran en viajes afortunados.

Los Griegos en la Península Ibérica

La presencia griega en Iberia (nombre dado a la Península Ibérica), se diferencia de la que experimentaron en otros lugares mediterráneos. Por un lado, hubo menos asentamientos y solo uno pudo considerarse ciudad griega; Ampurias (costa catalana). Por otro, la llegada helena fue posterior, ya que comenzó en el último tercio del s.VII a.C. y solo se consolidó en el s.VI a.C. Las motivaciones que impulsaban a las metrópolis que llegaron eran económicas, habiéndose superado la necesidad de desprenderse de ciudadanos que fue el germen del proceso de colonización griego.

En la Península Ibérica, donde se encontraron algunos restos griegos de s. IX al VII a.C. Del conjunto, muy pocos objetos pertenecen al s.IX a.C. , aumentando para los s.VIII y VII a.C. Los testimonios se refieren a restos cerámicos localizados en centros fenicios como Cerro del Villar, Málaga y Toscanos, además de Huelva. Pero no se acuerda quiénes fueron los comerciantes que trajeron primero esos productos. Para algunos estos vestigios griegos son resultado de la actividad mercantil fenicia, y para otros las poblaciones helenas, sobre todo la procedente de la isla de Eubea, llegarían al extremo occidental del Mediterráneo desde este temprano momento.

Independientemente a esto, las fuentes literarias y testimonios arqueológicos muestran que fue en el último tercio del s.VII a.C. cuando el occidente mediterráneo comenzó a recibir frecuentes comerciantes y aventureros griegos que se beneficiaron de conocimientos y enclaves comerciales fenicios. El objetivo básico de los griegos no era fundar colonias para desprenderse de población de la metrópoli, sino establecer relaciones comerciales, en especial, con el rico estado de Tarteso, al sur de la Península (Andalucía occidental). La primera noticia literaria conocida es el episodio que narra Heródoto, del marinero Coleo de la ciudad de Samos, que puede datarse en torno a los años 30 del s.VII a.C.

Aunque el primer testimonio conocido sea de un marinero de Samos, ciudad griega que parece haber dominado desde pronto los intercambios con el Mediterráneo occidental, sobre todo Tarteso, fue Focea. Este comercio buscaba en especial la riqueza minera del suroeste peninsular y tuvo máximo apogeo en la primera mitad del s.VI a.C. (avalado por la arqueología y Heródoto). Pese a la abundancia de contacto entre griegos y tartésicos, testimoniada por fuentes y la noticia recogida por Estrabón (afirma que hubo un emporión griego en la región), no hay acuerdo sobre si había un asentamiento estable de helenos en Tarteso. La falta de testimonios arqueológicos concluyentes ha llevado a pensar que los vestigios de las excavaciones de las últimas décadas en Huelva, pueden interpretarse como el emporión tartésico mencionado por Estrabón.

Según narra Heródoto, los foceos obtuvieron grandes beneficios del comercio con Tarteso, lo que les permitió construir una gran muralla en su ciudad de orige, ya convertida en una de las ciudades más grandes y opulentas del mundo griego. Aun así, el pingüe intercambio empieza a decaer en la segunda mitad del s.VI a.C. quizá como consecuencia de la incapacidad de Tarteso de mantener la explotación de metales, degradando el comercio griego hasta su fin completo a finales del s.VI a.C, a excepción de Cádiz, que se mantuvo como principal enclave de la zona, aunque siguió en la órbita fenicia. El fin del comercio griego coincide con el denominado declive de Tarteso.

Al principio, el intinerario de llegada hasta el mediodía peninsular llevó a los griegos por rutas de islas centrales del Mediterráneo, siguiendo de nuevo a los fenicios (Ilustración 27), pero a finales del s.VII a.C. los foceos fundan una colonia (apoikia) al sur de Francia, Masalia (actual Marsella) en la desembocadura del Ródano, zona tradicionalmente vinculada al comercio etrusco y fenicio. Este nuevo establecimiento repercutió en que se sumara al derrotero tradicional, un nuevo trayecto para el comercio heleno con Tarteso que descendía por la costa mediterránea de la península al suroeste. Así, los viajes hasta Tarteso permitieron a los griegos conocer otras áreas de la península que solo se habían usado como bases de abastecimiento, pero que pronto pasaron a ser mercados alternativos, sobre todo a partir de la segunda mitad del s.VI a.C. cuando los intercambios con el suroeste dejan de ser rentables y los mercaderes se ven obligados a buscar nuevos mercados donde obtener metales y con los que intercambiar lucrativamente sus productos. El resultado fue la concentración de presencia griega en la costa mediterránea española y el auge del comercio en estas regiones. En este proceso los griegos se beneficiaron también de los asentamientos y conocimientos fenicios. Muchos topónimos griegos conservados en el litoral mediterráneo atestiguan la incorporación por parte de nuevos comerciantes de las rutas marítimas tradicionales, así como el uso de asentamientos a lo largo de la costa que, en muchos casos, existían antes de su llegada.

Casi contemporáneo a la fundación de Masalia (hacia el 580 a.C.) los foceos buscaron un lugar en el golfo de Rosas para comerciar y hacer escala en la ruta a Tarteso. Escogieron una isla frente a la costa donde existía un asentamiento indígena remontado al s. XII a.C. y que a finales del s.VII a.C. se había convertido en refugio para diversos comerciantes. Los foceos se apropiaron del lugar y lo llamaron Emporion (Ampurias). En este primer asentamiento insular (actual San Martín de Ampurias, ya ligado a la península) convivieron amistosamente con los indígenas. A mediados del s.VI a.C. los helenos construyeron un nuevo establecimiento en la costa llamado Neápolis.

Los motivos de ampliación son la actividad comercial y marítima llevada a cabo en la isla por su volumen, requería más espacio y, la convulsa situación de Asia Menor, donde los persas conquistaron la ciudad de Focea (546 a.C) provocando la llegada de muchos colonos griegos al Mediterráneo Occidental, muchos de los exiliados se asentaron en Alalia (Cerdeña), otros en Masalia y probablemente a Emporión que necesitó entonces un núcleo urbano mayor para acoger a los recién llegados.

El traslado fue exitoso ya que Emporión pasó a ser el centro económico más importante del noreste peninsular desde la segunda mitad del s.IV a.C. ya que creó una amplia red comercial con numerosos fondeaderos y mercados costeros, que se concentraron en la desembocadura de los ríos Llobregat, Ebro y Segura, permitiéndoles controlar la mayoría de intercambios. Importante la presencia griega en la zona del bajo Segura, que ofrecía oportunidades para el comercio y acceso a los distritos mineros de la Alta Andalucía.

La actuación mercantil de Emporion aumentaría a inicios del s.IV a.C. con la recuperación de los interecambios con Cádiz y Huelva (Ilustración 28). La privilegiada situación se altera a mediados del s.IV a.C. por los cambios políticos producidos en el Mediterráneo. Roma y Cartago, las potencias, se repartieron las áreas de influencia comercial, limitando los mercados a los que podían acceder los griegos. Así, Emporion pasó a supeditarse a la colonia más importante; Masalia, aunque mantuvo parcialmente su actividad mercantil, no alcanzó el grado anterior. También en el s.IV a.C. apareció la ciudad de Rode en el golfo de Rosas, que acuñó su propia moneda.

El urbanismo de la Neápolis de Emporion, parece consonante a su poderío económico, ya que se fundó una ciudad de planta rectangular de unas 3 ha., con unos 500m de perímetro amurallado. La nueva polis tuvo espacios públicos entre los que destacó el ágora y los templos de Serapis y Asclepio (sur urbano), así como viviendas y áreas industriales levantadas en torno al puerto. Según la descripción de Estrabón, algunos indígenas vivían dentro de la muralla de Emporion, aunque estuvieron separados de los griegos por un muro que dividía en dos la ciudad (Ilustración 30).

No se conoce en cambio, el estatuto de Emporion. Para algunos el enclave siempre se sometió a Masalia, que enviaría anualmente magistrados para su gobierno, pero otros sostienen que era independiente basándose en la descripción de Estrabón y las acuñaciones de monedas con leyenda EM que sugieren su autonomía.

Destaca que la presencia helena incidió mucho en poblaciones indígenas y que dominaron a los íberos ya que cambiaron sus tradiciones por otras que les permitiesen el comercio con colonos. De este intercambio del que los griegos se beneficiaron, los íberos adoptaron el vino y aceite, avances tecnológicos, el urbanismo, escultura de piedra y, bajo su influencia, la escritura.

IV. Tarteso: el surgimiento del primer estado en la península ibérica.

Tarteso fue la sociedad desarrollada e el sudoeste de la Península Ibérica desde el último cuarto del s.IX a finales del s. VI a.C. coincidiendo con la presencia colonial fenicia y griega. Su relevancia en la historia de la península se debe a que fue la primera formación estatal que constata en este territorio. Por estado se refiere a organización política más compleja a las anteriores, con formas sociales y económicas más avanzadas e importantes transformaciones en las creencias y la ideología. Así destaca del Estado primitivo, la aparición de un grupo social que controla medios de producción, acaparando riqueza generada sin soler participar en la producción.

Este grupo desarrolla estrategias y tecnologías diversas a fin de mantener la situación de desigualdad social de la que se benefician. Entre las estrategias está elaborar una explicación ideológica que sustente su posición líder, normalmente en mutaciones en ámbito religioso, como el surgimiento de sacerdocios hereditarios. Estos también se reservaron el monopolio del uso de la fuerza y coerción física.

Otro desarrollo que suele producirse en sociedades estatales es la incorporación de la escritura, como herramienta administrativa al servicio del control social y nuevas necesidades económicas, o como marca de estatus. Las organizaciones políticas complejas designadas como estables suelen representar, además, una mejora en técnicas productivas y en la capacidad tecnológica de la comunidad en diversos ámbitos como arquitectura, orfebrería o alfarería.

Aunque hubo amplio consenso en denominar Tarteso a la sociedad estatal surgida en el sudoeste peninsular como resultado de hibridación de poblaciones del Bronce Final con colonos mediterráneos, existen debates. El problema historiográfico que es Tarteso actualmente deriva e las fuentes con las que se construye la historia.

Las Fuentes para el Estudio de Tarteso

Dos tipos: literarias y arqueológicas. Entre las literarias destacan las de escritores helenos, ya que cuando comenzaron a recorrer el Mediterráneo a principios del s.VIII a.C. también empiezan a situar en lejanas tierras a las que llegaban en sus relatos legendarios, en especial, aquellos que tenían que ver con los extremos del mundo. Esta era una técnica para ubicar los mitos tradicionales en lugares lejanos y exóticos, y fueron estos poetas y mitógrafos quienes describen Tarteso por primera vez, como región al sudoeste peninsular de la Ibérica, cruzada por un río con el mismo nombre y gobernada por poderosos y longevos reyes. En este lugar escritores del período arcaico situaron el mito de Gerión y Heracles.

Durante el s.VI a.C. estos relatos fueron acompañados de narraciones para hacer creíbles los lugares mencionados. Así surgen las obras geográficas donde destacan Hecateo de Mileto (s.VI descripción de la Ibérica, nombrando ciudades de Tarteso y su poder en minas de oro y plata) y Heródoto, padre de la historia, un siglo después, quien mencionó dos veces Tarteso como territorio occidental inmensamente rico y gobernado por el longevo rey Argantonio, en el que los samios y foceos obtuvieron grandes beneficios comerciales.

Tras esto, la imagen de Tarteso gestada durante el Arcaísmo griego pasó a ser tópico literario reelaborado y adaptado alas necesidades de los griegos en el período helenísitico y luego, a los requisitos y gustos del mundo romano en el período imperial. La mayoría de las informaciones en cambio, aún no tienen validez para una reconstrucción fidedigna de la etapa histórica.

Entre todas las posteriores narraciones, destaca el geógrafo griego Estrabón, que compuso su obra durante el reinado de Augusto basándose en anteriores autores, en su descripción añadió la mención a una ciudad con el mismo nombre, situada en la desembocadura del río. Muchos identificaron la ciudad como Cádiz o Carteia, por ejemplo, con la capital tartesia. Y durante los s.XIX y sobre todo, s.XX muchas excavaciones buscaron el oculto tesoro; la Troya de occidente, pero aun así es todavía desconocido.

Entre las fuentes clásicas también destaca el mito de Gárgoris y Habis, preservado por un resumen de Justino (escritor s.III d.C.) de la extensa obra de Pompeyo Trogo. Este relato tiene por protagonistas dos reyes tartésicos.

A fuentes literarias de origen grecorromano se suman noticias de la Biblia que menciona la ciudad de Tarsis, concretamente, naves de Tarsis. En el Libro de los Reyes se afirma que Salomón a mediados del s.X a.C. estableció alianza con el rey de Tiro para que los fenicios construyeran naves de Tarsis con las que comerciar. Aun así las informaciones con respecto al territorio son difíciles de interpretar y las opiniones vuelven a dividirse, ya que de las pocas fuentes fenicias conservadas parece que el término usado para denominar el sudoeste peninsular, también fue Tarsis.

Así unos sostienen que el ambos son el mismo, y otros que el Tarsis de la Biblia estaba más cercano a Palestina, siendo quizás parte de la costa sur de Anatolia, la región de Tarso. Así las tres denominaciones provienen de una misma raíz que para muchos historiadores provendría del término que los indígenas usaban para designarse, lo que parece corroborarse con el pueblo que encontraron los romanos en esta región llamados turdetanos.

Las fuentes arqueológicas han relegado en la última década a las literarias. Es un conjunto de abundantes vestigios que plantea problemas de análisis. Se han realizado numerosas excavaciones en zonas muy relevantes, los ejemplos más claros son los túmulos de Setefilla y la necrópolis de La Hoya en Huelva, donde se encontraron restos de un carro de parada militar. Otras fuentes incluyen tesoros, cerámicas y restos de ajuares funerarios. La estética y modelos de la mayoría de piezas son orientales, de ahí que la fase histórica también se llamase Período Orientalizante. Durante gran parte del s.XX se consideraron muestras de cultura tartésica.

Eran objetos producidos y usados por poblaciones autóctonas , peso a su insipiración artística griega y fenicia, aunque también ha sido cuestionado como productos exportados por estos últimos hacia la península. Así se han reevaluado muchos yacimientos considerados tradicionalmente tartésicos (ej.: tesoro del Carambolo) y que, ahora, se piensa que son de asentamientos fenicios.

La compleja identificación cultural de un material claramente tartésico ha llevado a distintas suposiciones, pero no puede atribuirse a que siguieran siendo fenicios por: la extracción de metales preciosos y cómo conocieron los mercaderes orientales esas riquezas, la presencia de otra lengua y el hecho de que los griegos los llamasen Tartesos una vez que ya conocían a los fenicios.

Otra cuestión discutida es el origen de los Tartesos. Por un lado, una corriente historiográfica denominada difusionista defiende que los progresos de las sociedades peninsulares fue resultado del contacto con pueblos más avanzados, así las poblaciones autóctonas serían pasivas receptoras. Otro modelo explicativo conocido como teoría evolucionista, sostiene que las transformaciones fueron por su propio desarrollo interno y autónomo. Ambas explicaciones son simplificadoras y no reflejan las complejidades de hibridación y cambio producidos en el sudoeste peninsular, y plasmado en el origen de la primera sociedad estatal: Tarteso.

Esto enlaza con la cuestión de si las poblaciones del Bronce Final del sudoeste anteriores a la llegada de colonos mediterráneos, pueden considerarse tartésicas. Aunque la mayoría lo niegan, otros sostienen que hubo continuidad política y cultural sustancial que permite establecer un Tarteso precolonial. Actualmente aún así no hay condiciones que puedan afirmar nada, ya que no hay rasgos definitorios de la cultura del Bronce Final y de la tartésica, no solo de elementos de la cultura material, sino tampoco de la lengua hablada por las poblaciones de uno y otro período, los hábitats que ocupaban y la religión que practicaban.

El Estado Tartésico

Pero también hay consenso general sobre cuál fue el estado tartésico y cuáles fueron sus características. Uno de los principales acuerdos es que durante el máximo apogeo de Tarteso se desarrolla la colonización fenicia (c. 750-550 a.C) a lo que luego se sumó la actividad comercial griega; el sudoeste peninsular estuvo dividido en varios estados independientes. El centro político de cada entidad era una ciudad y entre las identificadas están: Carmo (Carmona), Mesas de Asta (cerca de Jerez), Spal (Sevilla), Ilípula (Niebla) y Onoba (Huelva). Aunque otros yacimientos como Tejada la Vieja y San Bartolomé de Almonte en Huelva, Montemolín (Marchena) y Setefilla (Lora, Sevilla), también podrían incluirse. Muchas de estas ciudades- estado estaban protegidas por murallas que en muchos casos, pudieron anteceder a la presencia fenicia, pero se mejoraron con las técnicas de edificación de los colonos mediterráneos.

En algunos núcleos también hay edificios monumentales y necrópolis extensas con tumbas donde han aparecido ricos ajuares funerarios denotando la presencia de un grupo social privilegiado. Aunque son ciudades destacadas por su singularidad, las pequeñas aldeas rurales eran el hábitat más frecuente. El territorio en que se dividían las urbes se llamaba tartéside y era el área nuclear de Tarteso, que ocupaba la Baja Andalucía, en especial el área entre las desembocaduras del Tinto, Odiel y Guadalete. (Ilustración 31).

Aunque no se sabe cómo se ejerció el poder en estas unidades políticas independientes, es posible pensar que en el máximo apogeo de Tarteso había una aristocracia urbana al frente de los territorios. La constatación más clara de los grupos privilegiados proviene de los enterramientos monumentales y los ricos ajuares encontrados en las necrópolis de La Joya en Huelva y Setefilla.

La sociedad tartésica estaba fuertemente jerarquizada y algunos autores defienden que la evolución interna de los estamentos superiores, lo que pudo luego llevar a gobiernos unipersonales hereditarios.

Las aristocracias urbanas fueron las verdaderas beneficiarias del intercambio con oriente y de innovaciones técnicas e ideológicas, Según investigaciones las poblaciones del Bronce Final ya habían iniciado un proceso de diferenciación social, pero fue el impulso comercial externo lo que aceleró la transformación. Sobre todo la demanda de metales preciosos, que provocó la reorganización de las sociedades autóctonas para satisfacer la demanda fenicia.

Los rendimientos de esto los acapararon los grupos mejor posicionados de las comunidades del Bronce Final, de modo que los sectores sociales vieron aumentar su poder. Los fenicios también aprovecharon los cambios internos, pues su comercio solo era posible contando con interlocutores autóctonos que facilitaran la explotación del territorio, dando mano de obra y asegurando el mantenimiento de una situación política estable que minimizara las rebeliones y rechazo de los mercaderes foráneos. El resultado fue una comunidad de intereses entre los estamentos privilegiados autóctonos y los mercaderes fenicios. Por ello los colonos aportaron los objetos de prestigio, avances técnicos y herramientas ideológicas que sirvieron para fundamentar las diferencias sociales que facilitaban su presencia en el sudoeste peninsular. A la aceleración del proceso de jerarquización se une otra gran transformación social del comercio fenicio; la especialización laboral (diversificación de artesanos: carpinteros, herreros, orfebres y canteros).

Aun así los intereses de estas poblaciones orientales no solo eran el comercio y la explotación del metal, también buscaron ocupar el territorio para explotar su riqueza agrícola y ganadera. Esta presencia (muy abundante en algunas zonas) se llevó a cabo en nuevos asentamientos y poblaciones anteriores, lo que lleva a pensar que se produjeron situaciones de estrecha convivencia de las que surgiría una sociedad híbrida.

En el período de apogeo Tarteso hay un hábitat complejo y plural donde conviven las factorías y colonias fenicias a las que van poblaciones autóctonas, con asentamientos tradicionales del Bronce Final, donde también hay elementos orientales. El territorio está jalonado de santuarios fenicios usados como lugares seguros para el comercio, y que testimonian la influencia de la religiosidad extranjera. En el interior, la aristocracia tartésica controla con poblaciones amuralladas las importantes zonas de extracción mineral y rutas de comunicación que unían minas y centros de explotación agropecuaria con la costa, para asegurar el continuo flujo de los bienes y el mantenimiento del comercio.

Desde Andévalo por ejemplo, llegaba el metal a Huelva, uniéndose a la producción de Riotinto que seguramente transportaba a través de Niebla. La explotación de Aznalcollar se dirigía a la costa a través de Guadiamar o la ruta que unía Tejada con Almonte. Los productos del valle del Guadalquivir salían al mar desde Sevilla a la altura de Coria. El detalle exacto de las transacciones no se conoce aunque se apunta como más abierto el mercado onubense, con mercaderes particulares, mientras que en Cádiz habría más control en las mercancías, llegando incluso a crear su propia red de abastecimiento (Ilustración 31). Estos desarrollos se dieron en la zona nuclear, la tartéside, y repercutieron en la periferia de Tarteso; el sur de Extremadura y de la Meseta (área entre el Guadalquivir y Guadiana, el valle del Guadalquivir hasta la Alta Andalucía, las serranías malagueñas, costa mediterránea sur y la fachada atlántica de Portugal con la desembocadura del Tajo). Las rutas por las que llegaban materiales tartésicos hacia el interior peninsular fueron las usadas en períodos prehistóricos anteriores. Parece que el comercio e influencia estuvo en manos de poblaciones autóctonas, por un lado el itinerario, luego reconocido como Vía de la Plata, accedía a Extremadura donde se encontraron palacios-santuarios en Cancho Roano (Zalamea de la Serena) y La Mata (Campanario), que seguramente fueran sede de aristócratas rurales, asentamientos extensos.

Por otro lado el Guadalquivir daba acceso a la Alta Andalucía, en especial los ricos recursos mineros de la zona de Cástulo, donde se aprecia una profunda penetración tartésica. También hubo rutas con el área portuguesa y con las serranías malagueñas y costa mediterránea, quizá en torno a Málaga y Toscanos. En todas esas zonas hay presencia de productos orientales u orientalizantes, aunque no pueda precisarse el grado de dependencia política entre los centros periféricos y los estados de la tartéside.

Esta nueva representación supera las genealogías de reyes tartésicos forjados en la Antigüedad. Según los relatos legendarios, hubo una dinastía de reyes míticos que comenzó con Gerión, luego Norax y finalmente, Gárgoris y Habis.

Estos monarcas gobernaron un reino centralizado ocupando un vasto territorio. A estos reyes siguió una monarquía histórica cuyo único rey conocido es Argantonio. La valoración de las dimensiones y organización política de Tarteso rechaza y sobrepasa la visión historiográfica tradicional que quiso ver en el estado un gran imperio que controlaba la mayoría del mediodía peninsular, y al frente habría un rey cuya sede estaría en la rica ciudad de Tarteso.

También un estudioso defendió que el fin de Tarteso fue por la violenta conquista de Cartago. Actualmente en cambio, esta visión catastrófica la ha superado una explicación que considera varios elementos. Primero, la llegada de comerciantes griegos a partir de finales del s.VI a.C. que supuso la interacción de dos potencias mediterráneas en la tradicional zona fenicia. No se sabe si esta competencia pudo afectar a las redes, pero los aristócratas del sudoeste pudieron presionar para obtener más beneficios frente a la demanda externa.

2º, durante el s.VI a.C. se reestructuró el mundo fenicio concentrándose la población en algunas ciudades (varias nuevas), abandonando así grandes áreas del litoral peninsular, en especial, la fachada atlántica. La transformación de la presencia fenicia supuso un gran cambio en las actividades económicas de los colonos orientales, que se centraron en la explotación agrícola y la pesca. 3º, a partir de mediados del s.VI a.C. se constata una paulatina retirada de comerciantes griegos cuya actividad parece acabar con las postrimerías del s.V a.C.

Por último, ambas circunstancias; la reestructuración de la presencia fenicia y la interrupción del mercado griego, se relacionaron con la sobreexplotación y agotamiento de los recursos mineros, que habían sido la base de las transacciones entre colonos y tartesios. Los nuevos mercados en zonas como Levante quitaron aún más interés al sudoeste. Aun así, es básico destacar que la crisis de tarteso, aunque disminuyó trágicamente el comercio de largo recorrido y objetos de prestigio, no fue un completo colapso a la sociedad ya que no hubo una ruptura abrupta con el mundo turdetano que encontrarán cartaginenses y romanos cuando luchen por el control de la Ibérica.