A principios del s. VIII tuvo lugar un acontecimiento histórico realmente trascendental: la conquista islámica de la mayor parte de la Península Ibérica. Se inauguraba uno de los capítulos más brillantes y singulares, pues durante cerca de 800 años este territorio contaría con la presencia de seguidores de Mahoma. La invasión de la Península por el Islam fue, un fenómeno que tuvo una interpretación muy diferente para aquellos que la protagonizaron y padecieron. Desde la óptica hispano-cristiana, supuso la destrucción de la realidad político-administrativa de la monarquía visigoda. De ahí que no resulte extraño que, apenas 40 años después del inicio de la conquista islámica, un clérigo mozárabe se refiriera a este hecho como la “pérdida de España” (Crónica mozárabe, 754) frente al poder extranjero e infiel representado por los musulmanes. Para éstos, la conquista fue un hito más de la segunda fase de expansión territorial del Imperio islámico que, por Occidente, ya había ocupado todo el norte de África. Una vez aquí, a los seguidores de Mahoma se les ofreció dos posibles caminos: el sur, o cruzar el Estrecho rumbo al norte. La elección de esta última opción pudo deberse a unas mayores perspectivas de botín y, sobre todo, a las circunstancias favorables que para ello les brindaba la crisis por que atravesaban los visigodos.

En cualquier caso la historia de al-Ándalus iba a prolongarse hasta la emblemática fecha de 1492, constituyendo así una realidad que durante cerca de ocho siglos diferenció nítidamente a la Península Ibérica del resto del Occidente Medieval, pues ningún otro de sus territorios conoció la formación de un poder político islámico en su suelo. De hecho, buena parte de la singularidad histórica de la España musulmana reside en el brillante desarrollo alcanzado por una civilización islámico-oriental en una geografía perteneciente a la Europa occidental. Tal es así que al-Ándalus proporciona un modelo verdaderamente singular dentro de la propia historia del mundo musulmán, ya que es el único caso que, habiendo alcanzado altas cumbres sociales y culturales -tan altas o más que las de otras provincias del Islam- acabará desapareciendo como entidad política y como realidad social.

Por ello mismo, la historia andalusí puede ser considerada desde una doble perspectiva. Por un lado, como una parte más del mundo musulmán, pues compartía la cultura de un vasto Imperio y, pese a su temprana independencia -primero política y después también religiosa- siempre mantuvo relaciones con los principales focos de irradiación de la civilización islámica. Tal es así que la España islámica no sólo se limitó a recibir pasivamente esta cultura, sino que llevó a cabo una contribución específica a todo este mundo cultural. Por otra parte, la historia de al-Ándalus puede y deber ser evaluada en sí misma, pues sus realizaciones propias fueron de tal entidad que así lo hacen necesario. El esplendor político, social, económico y cultural alcanzado llegó a convertirla en auténtico referente para el resto del mundo islámico. Y es que lo que el Islam legó a la Historia de España fue algo mucho más intenso, importante y duradero que las tradicionales huellas que suelen dejar las civilizaciones exógenas y, como tal, ha dejado influencias culturales de larga vigencia, incluso perceptibles aún hoy día, desde el trazado y edificios de muchas de nuestras ciudades, hasta técnicas artesanales y constructivas, la gastronomía, la toponimia, el lenguaje…

No obstante, y quizás por su propia desaparición como realidad política y socioeconómica, determinados aspectos de la Historia de al-Ándalus, o bien ésta entendida en su conjunto, también han sido objeto de una considerable mitificación. De esta forma, tanto en el mundo islámico como en Occidente, el pasado islámico de España ha llegado a adquirir en demasiadas ocasiones un aire nostálgico y cuasi legendario, ponderándose tanto sus luces hasta hacer ocultar sus sombras. Ante ello, la única salida posible reside en un conocimiento profundo e imparcial de esta parte de nuestra Historia, en una serena reflexión que permita calibrar en su justa medida el pasado andalusí, colocándolo así en el lugar que le corresponde.

Línea temporal

  • 711 Desembarco de Tariq. Victoria musulmana en la Batalla de Guadalete. Inicio de la conquista islámica de la Península Ibérica
  • 722 Batalla de Covadonga, primera derrota islámica en una escaramuza en el norte peninsular
  • 732 Batalla de Poitiers. Los musulmanes son frenados en el sur de Francia por Carlos Martel. No vuelven a intentar traspasar los Pirineos
  • 711-756 Emirato Dependiente de Damasco. Al-Ándalus se convierte en una nueva provincia del Imperio
  • Islámico
  • 756-929 Emirato Independiente de Bagdad (Independencia política, no religiosa)
  • 929-1031 Califato de Córdoba (Independencia política y religiosa de al-Ándalus)
  • 1031 Desintegración del Califato. Nacimiento de los Reinos de Taifas
  • 1031-1090 Reinos de Taifas I.
  • 1086 Batalla de Sagrajas
  • 1090-1145 Dominio Almorávide
  • 1145-1156 Reinos de Taifas II
  • 1156-1232 Dominio Almohade
  • 1195 Batalla de Alarcos
  • 1212 Batalla de Las Navas de Tolosa
  • 1232-1492 Reino Nazarita de Granada

I. Nacimiento y esplendor de Al-Ándalus (siglos VIII-XI)

La conquista islámica de la Península fue proyectada desde la provincia norteafricana de Ifriquiya, con capital en Qairuán y gobernada por Muza ibn Nusayr, un wali dependiente del califa Omeya de Damasco. Los precedentes de la invasión tuvieron lugar en el año 710, cuando el bereber Tariq ibn Malluk realizó una pequeña expedición de reconocimiento. No será sin embargo hasta el año siguiente cuando Tariq ben Ziyad, un cliente bereber de Muza ibn Nusayr, ante el conocimiento de la situación existente en el reino visigodo, desembarque en Gibraltar (Jabal al-Tariq, “la piedra de Tariq”) con un cuerpo expedicionario de unos 7.000 hombres, la mayoría de origen berebere. Para ello parece que Tariq ben Ziyad pudo contar con la ayuda del conde visigodo Julián, gobernador de Ceuta, partidario de los witizanos y, por tanto, descontento con la designación de Rodrigo como nuevo rey visigodo. Una vez instalado en el Peñón, Tariq recibió el refuerzo de otros 5.000 hombres enviados por Muza.

Ante la noticia del desembarco, el rey Rodrigo, que se encontraba entonces en el norte peninsular combatiendo a los vascones, acudió a hacerle frente a los nuevos invasores. Cerca de Gibraltar, en las proximidades de la Laguna de la Janda, tendría lugar su decisivo enfrentamiento con las tropas de Tariq, en la conocida como Batalla de Guadalete (julio del 711), saldada con la victoria de este último. A partir de entonces, y en sólo tres años, los musulmanes recorrieron prácticamente toda la Península Ibérica siguiendo las principales calzadas romanas. En el 712 el propio Muza ibn Nusayr, junto con su hijo Abd al-Aziz, había desembarcado en Algeciras con un ejército compuesto por unos 18.000 hombres -entre los que esta vez predominaban los árabes- y, tras conquistar los principales núcleos del suroeste peninsular (Sevilla, Córdoba, Mérida…), pudo reunirse al año siguiente con Tariq en Toledo, la antigua capital visigoda. Desde esta ciudad ambos llevaron a cabo numerosas expediciones en las que, gracias a la firma de numerosos pactos con la nobleza visigoda y las ciudades, pudieron hacerse con el control de la práctica totalidad de la Península a la altura del año 714.

Entre los años 714 y 716 Abd al-Aziz prosigue las campañas militares, ocupando las ciudades de Évora, Santarém y Coímbra, y afianzando el dominio islámico en el sureste y levante. La última fase de expansión musulmana se produjo en el norte, e incluso más allá de los Pirineos, entre 716 y 732, estando protagonizada por los caudillos al- Hurr y Abd al-Rahman al-Gafequí. La resistencia más significativa, sobre todo por su repercusión posterior, la encontraron en la Cordillera Cantábrica donde, en la conocida como Batalla de Covadonga (722), los seguidores de Mahoma sufrieron su primera derrota. Este enfrentamiento marcará el comienzo de una pequeña resistencia hispano-cristiana, quedando posteriormente convertido en el legendario inicio del reino de Asturias y de la propia Reconquista. En cualquier caso, para los musulmanes la Batalla de Covadonga se limitó a un pequeño descalabro en una escaramuza de montaña, pues ellos estaban mucho más preocupados por consolidar su presencia en el noreste peninsular, e incluso penetrar en el sur de Francia, conquistando las principales ciudades de la antigua Septimania (Narbona, Béziers….). Así sucedió hasta que el empuje islámico comandado por Abd al- Rahman al-Gafequí fue frenado en el 732 por Carlos Martel, mayordomo de palacio merovingio, en la famosa Batalla de Poitiers. Esta derrota sí que tendría importantes repercusiones inmediatas, pues los musulmanes nunca más volvieron a intentar traspasar la línea de Los Pirineos (ilustración 1).

I.1.- Emirato dependiente de Damasco (711-756)

Tras su rápida conquista por los nuevos invasores, la mayor parte de la Península Ibérica se convirtió en una nueva provincia más del Imperio islámico bajo la soberanía de los califas Omeyas, con capital en Damasco. Desde entonces, y hasta el año 756, al-Ándalus sería gobernada por distintos walíes designados desde el norte de África, pues en un primer momento fue un ámbito administrativo dependiente de la autoridad del walí de Qairuán, desligada a su vez del califa Omeya de Damasco.

Una de las principales razones que explican este rápido control de la mayor parte de la Península Ibérica por un ejército islámico tan reducido es la escasa resistencia ofrecida por la población hispano-visigoda.

Los enfrentamientos militares entre unos y otros fueron realmente escasos, pues la norma general fue la firma de capitulaciones o tratados de paz entre los caudillos árabes y las principales ciudades y autoridades visigodas. Entre los mismos podemos distinguir dos fórmulas principales: el pacto de capitulación o suhl, que suponía la sumisión a los invasores, y donde la situación previa existente no era respetada al exigirse la entrega de bienes a las nuevas autoridades islámicas; y el tratado de paz o ahd, el cual habría permitido a la población hispano-visigoda el mantenimiento de cierta autonomía política, aunque siempre dependiente de una autoridad musulmana superior. En este último caso, la población anterior conservaría su libertad personal y religiosa, así como el respeto a la mayor parte de sus propiedades. Parece que el sistema de pactos mayoritariamente utilizado por los nuevos invasores fue el referido en segundo término, ya que se adaptaba mejor a la propia naturaleza inicial de la dominación islámica. De hecho, en un primer momento, ésta se limitó a ser fundamentalmente militar, basada en el control de las principales ciudades y, por ende, necesitaba de los elementos humanos anteriores para garantizar la conservación y explotación de la nueva provincia.

La llegada de nuevos efectivos humanos a la Península Ibérica se produjo en sucesivas oleadas, con número y origen étnicos distintos. En lo que respecta al primer aspecto, y pese a la emigración de diversos contingentes militares (12.000 hombres con Tariq, 18.000 con Muza), los seguidores de Mahoma siempre constituyeron una clara minoría con respecto a la población hispano-visigoda con la que entraron en contacto (ilustración 3). Desde el punto de vista del origen étnico, entre los invasores podemos destacar dos grupos principales: bereberes y árabes, estos últimos divididos a su vez entre yemeníes y qaysíes. En cualquiera de los casos, las fórmulas utilizadas a la hora de instalar a los nuevos pobladores estuvieron condicionadas por el protagonismo de los pactos y capitulaciones, de forma que sólo pudieron ser confiscadas aquellas tierras tomadas a la fuerza. El reparto de tierras se realizó de acuerdo a principios étnico-sociales: los predios de las zonas más ricas, como la huerta levantina y las llanuras de los valles de los ríos Guadalquivir, Ebro o Genil…., fueron reservados a los árabes como casta militar superior; mientas que a los bereberes se les asignó heredades en zonas de elevada orografía y menores rendimientos, tales como el Sistema Central, la Sierra de Guadarrama, etc…

A lo largo del Emirato dependiente aparecen en al-Ándalus las primeras manifestaciones de la creación de un aparato político-administrativo islámico, y el ejercicio de la soberanía. Se llevan entonces a cabo las primeras acuñaciones monetarias por los walíes, al tiempo que se siguen firmando capitulaciones y tratados de paz con ciudades y nobles visigodos. Es en el año 717 cuando se decide trasladar la capital de la nueva provincia desde Sevilla, donde se instaló en un primer momento, hasta Córdoba, ciudad que tenía una posición más central con respecto a la totalidad del nuevo territorio. También se iniciaron fenómenos tan importantes para el futuro como el inicio de las conversiones al Islam por parte de la anterior población hispano-visigoda, o el temprano arraigo en tierras peninsulares de las distintas tribus invasoras. De forma paralela, en este marco geográfico y humano fundamentalmente occidental se irán implantando las bases de una nueva estructura económica, social, político- religiosa… que obedecía ya a las fórmulas propias de una civilización islámico-oriental (ilustración 4).

A pesar de todo, el Emirato dependiente no estuvo exento de dificultades internas, derivadas sobre todo de enfrentamientos entre los grupos tribales asentados en al-Ándalus. De hecho, una de las consecuencias más inmediatas de la instalación de los nuevos invasores fue la aparición de fuertes tensiones entre sí, favorecidas a su vez por diversos grupos étnicos y un desigual reparto de tierras y riqueza. Esta situación culminaría con la revuelta berebere del 741, que provocó tanto el desplazamiento hacia el sur de muchos de ellos –dejando prácticamente desierta la zona del valle del Duero y del Sistema Central- como la llegada a la Península de tropas sirias de jinetes especializados (chunds) al mando de Balch. Una vez sofocada esta revuelta berebere, los propios sirios se convertirán en un elemento molesto para los walíes, siendo finalmente asentados en diferentes coras o provincias, donde recibieron en régimen de iqta una tercera parte de los tributos pagados por los cristianos.

I.2.- Emirato independiente de Bagdad (756-929)

En el año 750 había triunfado en Kufa un levantamiento contra los Omeyas que condujo al ascenso a la máxima jefatura del califato de los Abbasíes. Éstos, aparte de trasladar la nueva capital del Imperio islámico a Bagdad, desencadenaron una matanza contra todos los miembros de la familia Omeya. El único superviviente de la misma, Abd al-Rahman I, termina refugiándose en al-Ándalus, donde se hará con el poder en el 756 desligándose de toda obediencia política con respecto a los califas de Bagdad. Se inauguraba entonces la etapa de la historia política de al-Ándalus conocida como Emirato independiente, al tiempo que se establecía la primera entidad autónoma dentro de todo el mundo islámico, ya que en aquellaantigua provincia se iba a fundar un nuevo estado musulmán sin ningún vínculo político con el califato abbasí.

Tras su proclamación en al-Andalus Abd al-Rahman I (756-788) llevó a cabo una intensa actuación política para consolidar el nuevo estado. En el exterior, el emir quiso imponer su superioridad a los poderes cristianos del norte llevando a cabo numerosas campañas militares, aunque también tuvo que hacer frente a la rebeldía de los gobernadores musulmanes de Zaragoza, apoyados tanto por la propaganda abbasí como por el reino franco.

En el plano interior, Abd al-Rahman I emprendió una intensa labor de reconstrucción del poder central, para lo que tuvo que hacer frente a la oposición de las distintas fuerzas tribales. En relación con este tema, el nuevo emir supo elevar a una nueva aristocracia fiel a los Omeyas, y dar los primeros pasos hacia un estado cada vez más centralizado. Para tal fin, emprendió una nueva división administrativa de al-Ándalus en coras (provincias) y marcas (distritos fronterizos), e inició la formación de un ejército profesional de mercenarios.

Al morir Abd al-Rahman I, su hijo sucesor Hisham I (788-796) intentó mantener la gran herencia. La energía mostrada por su predecesor permitió a Hisham gobernar con cierta tranquilidad, y emprender una política de hostilidad militar contra los cristianos, tanto asturianos como francos. Aparte, también se debe a Hisham I la adhesión de al-Ándalus a la doctrina malikí, una de las cuatro escuelas jurídicas del Islam, caracterizada por su rigor y ortodoxia, la cual tendría un importante predicamento entre los alfaquíes cordobeses.

Los años de Al-Hakam I (796-822) al frente del Emirato se caracterizan por su firme intención de ejercer un gobierno autoritario y centralizado, aunque ello le reportase no pocos descontentos. Para tal fin el nuevo emir necesitaba allegar fondos, lo que se tradujo en un recrudecimiento de la presión fiscal, base de la pujanza económica del estado cordobés, pero también del estallido en Córdoba, en el año 818, del motín del arrabal de Secunda, duramente reprimido por las autoridades de la ciudad. Aparte de ello, Al-Hakam I fortaleció el ejército mediante la incorporación de nuevas tropas mercenarias, y creó una guardia personal del emir. Sin embargo, tuvo que hacer frente al creciente descontento de la población muladí, disgustada por la política filo-árabe de los emires. Esta situación era particularmente grave entre la aristocracia de las marcas fronterizas (Zaragoza, Toledo…), donde se produjeron levantamientos de signo independentista con respecto al poder central cordobés. Este es el caso de la conocida como “jornada del Foso” de Toledo que, en el año 797, terminó con el asesinato de buena parte de los notables de la ciudad.

Con Abd al-Rahman II (822-852) el Emirato cordobés atraviesa una etapa de estabilidad social y desarrollo económico, lo que permitirá llevar a cabo una importante tarea de reformas. El saldo final de esta empresa será el fortalecimiento del estado y la consolidación de sus instrumentos de gobierno y administración. En este sentido destaca lo que se ha calificado como creciente “orientalización” del aparato político-administrativo del Emirato cordobés, abandonando así la antigua influencia de la corte omeya de Damasco para seguir el modelo abbasí de Bagdad. Sin embargo, ello no fue suficiente para contener el resurgimiento de viejas corrientes centrífugas. Especialmente grave se mostraría ahora el levantamiento de los mozárabes, en parte como reacción al creciente número de conversiones al Islam y a la arabización cultural de muchos cristianos, lo que se plasmó en una oleada de martirios voluntarios que, tras las predicaciones de Eulogio, recorrieron las principales comunidades mozárabes, sobre todo la de Córdoba.

Bajo los gobiernos de los sucesores de Abd al-Rahman II -Muhammad I (852-886), al- Mundhir (886-888) y Abd Allah (888-912)- tuvieron lugar una agudización de los problemas internos del Emirato, especialmente con las rebeliones muladíes que estallan en las marcas fronterizas. En la marca superior la familia de los Banu-Qasi ejercía desde Zaragoza su poder con total independencia a las decisiones tomadas desde Córdoba. Por otro lado, las principales familias muladíes de Toledo, capital de la marca media, también se opusieron a las disposiciones de los emires. En la marca inferior, por su parte, inició su actividad el rebelde muladí Ibn Marwan al-Chilliquí, quien desde Badajoz mantuvo en jaque a las autoridades de Mérida. Aparte de ello, también van a resurgir con fuerza viejos problemas. Por un lado se produce un recrudecimiento del enfrentamiento entre árabes y muladíes en ciudades tan importantes como Sevilla o Elvira, fruto de la rivalidad entre clanes árabes –contrarios a la hegemonía Omeya- y ciertos grupos de muladíes, que aparecen ahora como los nuevos sustentadores del poder central cordobés. Pero sin duda alguna el conflicto más peligroso fue la insurrección encabezada, a partir del año

879, por Umar ibn Hafsun, quien, haciéndose fuerte en la serranía de Ronda, fue capaz de aglutinar todos los descontentos con la política omeya de gran parte de la actual Andalucía oriental (ilustración 5).

I.3.- Califato de Córdoba (929-1031)

En el año 929 se inicia una nueva etapa en la historia de al-Ándalus: el emir Abd al- Rahman III (912-961) decide entonces autoproclamarse califa o “Príncipe de los Creyentes”, rompiendo así cualquier tipo de vínculo religioso con Bagdad, y culminando la independencia absoluta del estado cordobés. Es a partir de ahora cuando tiene

lugar el momento de mayor apogeo del Islam andalusí, y ello desde el plano político y religioso hasta el económico y cultural.

Sin embargo, cuando Abd al-Rahman III sucedió a su abuelo Abd Allah al frente del Emirato, al-Ándalus se encontraba en una difícil situación política y social. Por ello, la primera fase de su mandato estuvo dedicada al restablecimiento de la autoridad del estado cordobés. Con tal objetivo el nuevo emir comenzó a reprimir las sublevaciones de las distintas marcas fronterizas, y en el 928 fue capaz de acabar con la sublevación de Umar ibn Hafsun.

Simultáneamente a esta pacificación interior, Abd al-Rahman III no sólo puso freno a la tímida expansión protagonizada por los reinos cristianos del norte, sino que emprendió la ofensiva militar obteniendo la importante victoria de Valdejunquera (920). Una vez asentada su autoridad en toda la Península, Abd al-Rahman III se dedica a contrarrestar la amenaza que supuso la constitución del poder fatimí en el norte de África. De hecho, su propia proclamación como califa en el 929 debe ser entendida, en parte, como respuesta a la previa creación del califato fatimí de Ifriquiya (910). Con esta misma intención también puso en marcha una política expansionista por el norte de África, que se tradujo en la toma de las plazas de Melilla y de Ceuta, así como en el establecimiento de una especie de protectorado cordobés sobre el norte de Marruecos y el Magreb central.

Por otro lado, y pese a sufrir alguna que otra derrota frente al enérgico monarca leonés Ramiro II (como la Batalla de Simancas en el 939), el primer califa cordobés aprovechó las querellas internas entre los reinos y condados cristianos para erigirse en árbitro de las mismas. Finalmente, con la proclamación del califato se asiste también al punto culminante de la jerarquización política en al-Ándalus; organizada la corte en la ciudad palatina de Madinat al- Zahra, su prestigio llegó al momento más prominente, tal y como lo demuestran los frecuentes contactos diplomáticos con el resto de la Cristiandad Latina y con el Imperio Bizantino (véase recuadros 4 y 5).

Abd al-Rahman III será sucedido por su hijo Al-Hakam II (961-976) quien, en parte gracias a la enérgica actuación emprendida por su padre, pudo disfrutar de un mandato bastante tranquilo. El nuevo califa continuó con la hábil política de intervención en los asuntos internos de los reinos y condados cristianos, y también con el protectorado cordobés sobre buena part del Magreb occidental. En ambos casos, la estrategia seguida por Al- Hakam II prefirió siempre los contactos diplomáticos a los enfrentamientos militares, una de las razones que explica el predominio de la paz durante sus años al frente del califato. Aparte de ello, durante el mandato de Al- Hakam II, que accedió a la máxima autoridad siendo ya un hombre maduro, culto y educado, se alcanzó una gran notoriedad en el plano cultural. Fue entones cuando, bajo su patronazgo, Córdoba se dotó de una de las bibliotecas más importantes del mundo, al tiempo que se convertía en foco de irradiación en Occidente de la cultura oriental.

A la muerte de Al-Hakam II le sucede su hijo Hisham II (976-1009/1010- 1013) siendo aún menor de edad. En parte por ello, y en parte por su propia personalidad, éste fue un califa meramente nominal, pues en la práctica el poder lo ejerció el hachib Ibn Abi Amir, quien sería llamado al-Mansur bi-llah (“el victorioso por Allah”), de donde deriva el nombre cristiano de Almanzor con el que popularmente es conocido. Su fulgurante carrera política le llevó de serescribano público de Córdoba, administrador de los bienes del heredero, director de la ceca de la capital… hasta desempeñar el poder fáctico en todo al-Ándalus entre los años 981 y 1002 (véase recuadro

6). Para ello Almanzor supo ganarse el apoyo del ejército, donde aumentó el número de mercenarios, así como el de los influyentes alfaquíes cordobeses. Una política que completó con alguna que otra medida de corte populista, como la condonación de determinados impuestos.

Al mismo tiempo, Almanzor trasladó la capital administrativa a la nueva sede que se hizo construir: Madinat al- Zahira (“la ciudad brillante”) y, para intentar mantener a raya a la vieja aristocracia árabe, integró sus cuadros militares en las nuevas compañías de mercenarios, lo que condujo sin embargo a un incremento de las enemistades entre grupos étnicos, pues bereberes y esclavos, al saberse ahora imprescindibles en el terreno militar, comenzaron a demandar su participación en el poder. Pero sin duda alguna la faceta más destacada del gobierno del famoso hachib fue su política exterior o, por mejor decir, la dura ofensiva militar puesta en marcha en los últimos años del s. X, lanzando numerosísimas aceifas que produjeron el saqueo y el terror en todos los territorios hispanocristianos, desde Barcelona hasta Santiago de Compostela (ilustración 7).

Tras el fallecimiento de Almanzor en el 1002, le sucede al frente del gobierno su hijo Abd al-Malik (1002-1008). En los pocos años en los que estuvo al frente del estado cordobés, Abd al-Malik intentó dar continuidad a la obra política desarrollada por su padre. Sin embargo, su prematura muerte y la ineficacia de su sucesor, Abd al- Rahman Sanchuelo, hijo de Almanzor y de Abda (hija de Sancho Abarca de Pamplona), dieron lugar al

levantamiento de la nobleza árabe, quien proclamó a un nuevo califa. Desde entonces la vida política de al- Ándalus entra en un período de intensa anarquía, en una auténtica guerra civil o fitna que desembocará en el año 1031 en la definitiva desintegración del califato de Córdoba y en la aparición de múltiples reinos de taifas.

II. Atomización del poder político e intentos norteafricanos de reunificación (siglos XI-XIII)

La historia de al-Ándalus durante la Plena Edad Media (s. XI-XIII) se caracteriza por la superposición de fases contrapuestas de aguda división del poder político -conocidos como reinos de taifas- y de dos intentos norteafricanos de unificación e integración en estructuras hispano-magrebíes (almorávides y almohades). Tras décadas de luchas civiles y de diversos enfrentamientos, en la tercera década del s. XI se consumaba de forma definitiva el cambio de época: una plétora de estados autónomos sustituyó a la unidad política que la dinastía Omeya había impuesto en al-Ándalus. Desde entonces y hasta el s. XIII, estos pequeños estados islámicos se debilitarán en numerosos enfrentamientos civiles y frente a los poderes cristianos del norte. Ni siquiera dos enérgicos impulsos militares procedentes del norte de África serán capaces de frenar el avance territorial de los reinos cristianos, los cuales ejemplificarán en la Península Ibérica el fenómeno de expansión que caracteriza a la Plena Edad Media europea. Por ello, tales siglos van a presentar una cara bien diferente para musulmanes y cristianos. Mientras los primeros conocían una etapa de división política y enfrentamientos internos, los segundos comenzaban a cobrar un protagonismo político y militar que se saldará con una drástica reducción territorial del dominio islámico. Se consumará así, de forma definitiva, un trascendental viraje en la balanza de poder entre musulmanes y cristianos en la Península Ibérica.

II.1.- Reinos de taifas i (1031-1090) y dominio almorávide (1090-1145)

Aunque nominalmente el poder central cordobés resistió hasta el año 1031, desde la muerte de Abd al-Malik en el 1008 se asiste un período de auténtica guerra civil que conducirá a la desintegración del Califato y la aparición de múltiples reinos independientes, conocidos como taifas (del árabe “ta’ifa” = bandería). Ante el vacío de poder ocasionado por tales luchas, los grandes linajes locales fueron asumieron el control de sus zonas de influencia, dando origen así las taifas andalusíes. Frente a ellas se encontraban las taifas eslavas y de nuevos bereberes, determinadas por la necesidad de ambos grupos de salvaguardar su posición dotándose de un territorio propio (ilustración 8).

La rivalidad intestina entre los distintos reinos de taifas será muy bien aprovechada por los cristianos del norte para incrementar sus conquistas territoriales. De hecho, en muchos casos los musulmanes se verán obligados a garantizar la paz mediante el pago de parias, es decir, de importantes sumas de dinero a los reyes cristianos. Sin embargo, en medio de enfrentamientos civiles entre las distintas taifas y del incremento de la presión fiscal ante las necesidades militares y el pago de las parias, esta época mantuvo un esplendor cultural muy considerable, fruto de la propagación de un espíritu de emulación entre los reyezuelos independientes. Las distintas cortes competían entre sí, también en el terreno artístico y cultural, por mostrar su poder y prestigio, floreciendo de esta forma las letras, las ciencias y las artes. Ahora bien, el avance cristiano se mostraba cada vez más imparable. El hecho que terminó por saltar las alarmas en las pequeñas cortes islámicas fue la conquista de Toledo por parte de Alfonso VI de Castilla en el año 1085 (ilustración 9). Ante ello, los reyezuelos musulmanes empezaron a ver peligrar su propia supervivencia, de ahí que pensasen en llamar a los almorávides en su ayuda.

Los almorávides representan, a partir de la segunda mitad del s. XI, el predominio de una gran confederación tribal -los sinhaya- de origen bereber. Estos pueblos ganaderos del Sahara occidental van a encarnar un movimiento regeneracionista musulmán, aspirando a una vuelta al islamismo puro. Para ello se reunieron en un ribat o convento fortificado, de donde tomaron su nombre al-murabit o “gentes del ribat”, e intensificaron su ortodoxia islámica. Esta nueva fuerza política y religiosa les llevó a conquistar, entre los años 1056 y el 1084, buena parte del norte de África (ilustración 10). Yusuf ibn Tasufín (1071-1106), convertido en el gran jefe de la confederación tribal almorávide, fue capaz de conformar un poderoso ejército, imbuyendo además a sus tropas del espíritu islámico de guerra santa. Las taifas hispanomusulmanas, deseosas de librarse de la creciente presión de los reinos cristianos por el norte, vieron en él una ayuda de gran valor.

La primera llegada de los almorávides en la Península Ibérica se produjo, a petición de los propios reinos de taifas, para contener el avance castellano tras la conquista de Toledo. Las tropas norteafricanas desembarcan en Algeciras y se dirigen hacia el norte, infligiendo a los cristianos una terrible derrota en la Batalla de Sagrajas o Zalaca (1086), en las cercanías de Badajoz. Tras este éxito militar Yusuf ibn Tasufín volvió al Magreb, pero pudo darse cuenta de la difícil situación interna por la que atravesaba al-Ándalus, al tiempo que se granjeó el apoyo de los juristas malikíes y de buena parte del pueblo llano, descontentos con los reyezuelos locales. En el año 1090 se produjo una tercera y definitiva intervención armada de los almorávides, que, sin embargo, tuvo como finalidad la conquista de las distintas taifas hispanas:

Granada (1090), Málaga y Sevilla (1091), Badajoz (1094)… integrándolas en un gran Imperio hispano-magrebí con capital en Marrakech.

No obstante, ya durante el emirato de Alí ibn Yusuf (1106-1143), hijo y sucesor de Yusuf ibn Tasufín, los almorávides se ven obligados a enfrentarse a una triple amenaza: el avance conquistador cristiano; la reacción de los andalusíes frente a su dominio, hartos de nuevos fracasos militares y de una presión fiscal ascendente; y la aparición en el Magreb de un nuevo poder, el de los almohades. Todo ello, unido a la forma mediante la cual los norteafricanos habían conquistado a los reinos de taifas, determinó que el deseo de que los almorávides fueran expulsados de la Península no tardara en dejarse sentir, en primer lugar entre intelectuales y antiguos altos cargos y, con el paso del tiempo y del inicial entusiasmo, en buena parte de la población andalusí. Por otro lado, la propia naturaleza de su dominación sobre al- Ándalus, de carácter eminentemente militar, explica que en el momento en el que comenzase a declinar su capacidad bélica también lo hiciese la unidad política por ellos representada.

Así, desde la segunda década del s. XII en adelante, la autoridad de los almorávides en al-Ándalus comenzará a resquebrajarse. Ya en el año 1121 había estallado en Córdoba una revuelta popular contra ellos que duró varios meses, obligando a Alí ibn Yusuf a acudir a la ciudad la cabeza de un importante contingente militar. Al mismo tiempo, el poder norteafricano se mostraba cada vez más incapaz de contener el avance del monarca aragonés Alfonso I “el Batallador”: conquista de Zaragoza (1118) y de buena parte del valle del Ebro, victoria cristiana en Cutanda (1120)… Aunque el imperio almorávide no terminaría oficialmente hasta 1147 con la entrada de los almohades en Marrakech, para aquel entonces los andalusíes ya se habían alzado en diversos lugares contra su dominación, inaugurando así un nuevo período de taifas.

II.2.- Reinos de taifas ii (1145-1156) y dominio almohade (1156-1232)

A partir del año 1145 se produjeron levantamientos contra el dominio almorávide en diversas ciudades de al- Ándalus. La primera zona en sublevarse fue el actual Algarbe, en 1144, a la que siguió la ciudad de Córdoba al año siguiente. Al poco tiempo, y aprovechando la retirada de tropas almorávides de la Península rumbo al Magreb para combatir a los almohades, los andalusíes consiguieron expulsar al resto de las autoridades norteafricanas de su territorio, dividiéndose éste nuevamente en una serie de reyezuelos locales e inaugurándose una nueva etapa de atomización del poder político.

No obstante, estos segundos reinos de taifas van a diferir por completo de los primeros, ya que la nueva fragmentación del poder político pronto quedó reducida a un mero sentimiento de protesta contra los almorávides. Éste se realizará de manera anárquica y espontánea, iimpidiendo que ninguna taifa se consolide de forma estable y duradera. Por ello las segundas taifas, nacidas de una oposición contra el poder almorávide más que de un proyecto político verdadero, tuvieron una existencia muy corta y agitada. Nuevamente, las luchas civiles que se plantearon entre las mismas explica que vuelvan a recurrir a un poder exterior más fuerte, que en este caso va a ser el almohade.

Desde el año 1122, en las montañas del Atlas marroquí un nuevo grupo bereber –los masmuda- dirigido por Muhammad ibn Tumart había comenzado una rebelión contra los almorávides. Sus seguidores recibieron el nombre de al-muwahhdiun, “los unitarios”, de donde deriva el término almohade. Éstos aportaban también un nuevo deseo de reformismo islamista, pues eran partidarios de una visión más espiritualista y alegórica del Corán, reaccionando así contra el malikismo característico de los almorávides. Las primeras derrotas de estos últimos en al-Ándalus fueron aprovechadas por los almohades para ir incrementando su poder en el Magreb y, tras reemplazarlos como nueva fuerza política en todo el norte de África, comenzarán a inmiscuirse en los conflictos internos de las distintas taifas andalusíes hasta terminar por conquistarlas.

Con más cohesión y originalidad doctrinal que sus predecesores, los almohades inician a mediados del s. XII otra etapa de intervención norteafricana en al-Ándalus, inaugurando un nuevo período de unificación política. En general, la férrea organización doctrinal y administrativa impuesta por el nuevo poder no fue incompatible con un brillo cultural y una grandiosidad artística, destacando asimismo una importante reactivación experimentada por el comercio mediterráneo.

El apogeo político de los almohades llegará en el último cuarto del s. XII, bajo los califatos de Abu Yaqub Yusuf (1163-1184) y de su hijo Abu Yusuf Yaqub (1184-1199). Abu Yaqub ya residió en Sevilla durante su juventud como gobernador, y en ella adquirió una amplia y refinada cultura de mano de maestros andalusíes. Tras acceder al califato volvió pronto a al- Ándalus y emprendió en la referida ciudad, convertida en capital administrativa de los almohades en la Península, la construcción de palacios, jardines y obras como la gran mezquita o una nueva muralla.

Por su parte, Abu Yusuf, que ostentó el sobrenombre honorífico de al-Mansur, protagonizó un importante triunfo militar frente a los cristianos al derrotar a Alfonso VIII de Castilla en la batalla de Alarcos (1195). Este éxito permitió los almohades recuperar el valle del Guadiana y el curso medio del Tajo, sin embargo, iba a ser la última gran victoria musulmana en la Península. Aparte de ello, los triunfos almohades se limitaron fundamentalmente a la toma de fortalezas, ya que carecían de los recursos humanos suficientes para asegurar los territorios cobrados y, en definitiva, para realizar un cambio fundamental en el equilibrio de fuerzas entre la España islámica y la cristiana.

No en vano, los reinos cristianos llegaron a un acuerdo para hacer frente a la amenaza almohade, contando para ello con el apoyo de la Iglesia: el papa Inocencio III otorgó a la empresa que se gestaba el carácter de cruzada, lo que determinó la llegada a la Península Ibérica de combatientes ultrapirenaicos. Al frente de la nueva campaña estaba Alfonso VIII de Castilla, secundado por los monarcas Pedro II de Aragón y Sancho VII “el Fuerte” de Navarra. Fruto deesta unión de fuerzas, las tropas cristianas derrotaron de manera estrepitosa a los almohades en la trascendental batalla de Las Navas de Tolosa, en julio del año 1212.

Esta derrota significó el inicio del declive almohade y, aunque la figura califal se mantuvo nominalmente hasta 1224, pronto volverán a erigirse en al-Ándalus nuevos reyezuelos independientes. Al mismo tiempo, la victoria en Las Navas supuso una decisiva inversión del equilibrio de fuerzas a favor de los cristianos, quienes no tardarían más de dos décadas en llevar sus vanguardias hasta el valle del Guadalquivir (ilustración 15). Ante el imparable avance cristiano hacia el sur, la vida de estas terceras taifas va a ser realmente efímera, pues en muy pocos años tanto los monarcas portugueses como Fernando III Castilla y Jaime I de Aragón conquistarán a los distintos reyezuelos islámicos, quedando reducida la presencia musulmana en la Península Ibérica al reino nazarita de Granada.

III. La supervivencia del islam peninsular (siglos XIV-XV)

Tras el desastre de Las Navas de Tolosa, el levantamiento de los andalusíes frente a los almohades dio paso a un nuevo y breve período de atomización del poder político en la España musulmana, conocido como terceras taifas. Sin embargo, y ante el imparable avance cristiano hacia el sur, la vida de estos pequeños régulos islámicos fue realmente efímera, al quedar pronto anexionados por las Coronas de Aragón y de Castilla. En medio de tales conquistas cristianas sólo Muhammad ibn Nasr, reyezuelo de la localidad giennense de Arjona, logrará sobrevivir (ilustración16) .

El nacimiento del reino nazarita de Granada debe ser pues entendido en el contexto de la desintegración del dominio almohade y en el resurgir de nuevos poderes locales, así como en de las conquistas cristianas del Valle del Guadalquivir y del reino de Murcia. Pese a sus humildes orígenes, el reino granadino logrará perpetuarse hasta la emblemática fecha de 1492. Una supervivencia tan prolongada obedeció en realidad a un conjunto de factores, tanto de orden interno como externo; desde la posición geográfica y la orografía del reino -protegido por la barrera natural del Sistema Bético y abierto al mar- al oportunismo político de sus dirigentes, que supieron explotar al máximo las rivalidades castellano-aragonesas y las crisis internas de Castilla, y todo ello sin olvidar unas hábiles relaciones diplomáticas y comerciales.

III.1.- Reino nazarita de Granada (1232-1492)

Tras la desintegración almohade y el avance cristiano por la Andalucía Bética, el único poder islámico que consiguió salvaguardar su existencia fue un pequeño reyezuelo local: Muhammad Ibn Nasr al-Ahmar. Cuando Fernando III, rey de Castilla y de León, sitiaba la ciudad de Jaén, Muhammad Ibn Nasr, adelantándose a los acontecimientos, firmó en el año 1246 una capitulación con el monarca cristiano. En virtud de la misma Muhammad Ibn Nasr perdería el control de la ciudad de Jaén pero, como contrapartida, se hacía con el de gran parte de las actuales las provincias de Málaga, Granada y Almería, elevándose así por encima de sus parientes, los Banu Ashqilula, y lo que es más importante, suscribía un acuerdo de ayuda mutua con el monarca de Castilla (ilustración 17). Mientras el nazarí se comprometía al pago de 150.000 maravedís anuales a cambio de ser reconocido como vasallo de Fernando III, éste la aseguraba una tregua de veinte años. La alianza con Castilla, pese a que supuso para Muhammad la pérdida de sus tierras originarias, garantizó la supervivencia del nuevo reino nazarita.

La segunda etapa de la historia de este pequeño reino se extiende, groso modo, durante la primera mitad del s. XIV. Granada atraviesa entonces una serie de crisis dinásticas, lo que en buena medida determina su petición de ayuda al nuevo poder conformado en el Magreb: los benimerines, quienes iniciarán una intensa intervención en la vida interna del reino nazarita. Los norteafricanos estaban especialmente interesados por el control del Estrecho de Gibraltar, tal es así que consiguieron apoderarse de algunos relevantes puertos nazaríes como Tarifa, Algeciras, o la propia Gibraltar. No obstante, en esta lucha por el Estrecho, la coalición formada por granadinos y benimerines sería finalmente derrotada por el monarca castellano-leonés Alfonso XI en la batalla del Salado (1340).

Durante la segunda mitad del s. XIV, y precisamente cuando la Corona de Castilla atravesaba una difícil crisis interna, los nazaríes conocerán su etapa de mayor esplendor tanto en materia política y económica como en el terreno artístico y cultural. El inicio de este dulce período podemos fijarlo en el ascenso al trono de Yusuf I (1333-1354), prolongándose hasta el 1391, año de la muerte del último sultán nazarí que disfrutó de un mandato pacífico: Muhammad V. Este paréntesis de paz y estabilización de la frontera con Castilla permitió a los granadinos concertar treguas y alianzas, así como reorganizar la vida civil y militar del reino.

En cambio, los últimos compases de la historia nazarita, prácticamente la totalidad del s. XV, estuvieron marcados de nuevo por unas crecientes dificultades. La violación de los pactos y treguas firmadas con Castilla, unido a una intensa anarquía política interior –debido a la lucha entre Abencerrajes y Zegríes por el control del sultanato- facilitaron su definitiva conquista por parte de los Reyes Católicos. Para los granadinos también fue esta una centuria marcada por los problemas económicos, relacionados a su vez con el aislamiento internacional que padecieron con el resto del mundo islámico, lo que terminó desencadenando una creciente presión fiscal.

La guerra de Granada, emprendida por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón entre 1482 y 1492, supondrá la última de la Edad Media y la primera de la Edad Moderna. Iniciada ésta con una serie de escaramuzas fronterizas en la zona de Zahara de la Sierra, poco a poco irían cayendo en manos castellanas los principales enclaves granadinos: Ronda (1485), Málaga (1487), Baza y Almería (1489). A la altura de 1491 sólo resistía la capital nazarita y, desde el campamento cristiano de Santa Fe, Granada sería objeto de un duro asedio. Finalmente fue Boabdil, el último sultán nasrí, quien entregaría la ciudad a los cristianos, y en enero de 1492 los Reyes Católicos entraban en Granada. De esta forma se ponía punto final, tras cerca de ochocientos años de historia, a la presencia musulmana en la Península Ibérica (ilustración 18).

IV. Estructura social

En al-Ándalus se conformó, desde fechas relativamente tempranas, una sociedad musulmana integrada en la civilización del Islam clásico. La cúspide de su estructura social estuvo formada por la aristocracia o jassa, constituida tanto por los miembros de la familia de emires y califas (“la gente de Quraysh”), como por los descendientes de los primeros linajes árabes asentados a la Península Ibérica. Ambos grupos ocuparon, al menos hasta bien avanzado el s. X, los principales cargos en la administración y en los puestos de gobierno. En el polo opuesto a esta aristocracia se encontraba la amma o gran masa de la población. Dentro de esta última, sin embargo, las situaciones vitales podían ser de lo más heterogéneas, puesto que la amma abarcaba desde el gran comerciante con una posición socioeconómica muy próxima a la jassa, hasta los más humildes artesanos y campesinos.

Ahora bien, fruto de su singular realidad histórica, la estructura social andalusí presentó ciertas particularidades en relación con otras áreas del mundo islámico. En primer lugar nos encontramos con una temprana aparición de una clase media, fruto de las funciones asociadas al estado -juristas, funcionarios…- y del propio desarrollo económico -pequeños y medianos propietarios, comerciantes, grandes artesanos…-. Realidad ésta que se tradujo en una interesante reducción de la tradicional bipolaridad social. Otro fenómeno igualmente significativo de la sociedad de al-Ándalus fue el paulatino desplazamiento de la antigua nobleza de sangre árabe por otra de servicio, dentro de la cual cada vez fueron más numerosos los elementos bereberes y eslavos, utilizados por emires y califas para contrarrestar la fuerza de la vieja aristocracia de sangre. Por último, otra de las notas a destacar de la estructura social andalusí es la heterogeneidad de sus componentes, de forma que, junto a la tradicional distinción entre musulmanes y no musulmanes, encontraremos también elementos diferenciadores en función de la raza o de la procedencia. Teniendo en cuenta todos estos factores, podemos establecer la siguiente esquematización de la sociedad de al-Ándalus.

IV.1.- Sirio-árabes

Los elementos sirio-árabes constituyeron siempre en al-Ándalus una minoría desde el punto de vista numérico, aunque durante los primeros siglos de su historia conformaron una especie de aristocracia detentadora tanto de poder político-militar como del mayor prestigio social. A la Península Ibérica llegaron individuos procedentes de diversos clanes (qaysíes, yemeníes, sirios con Balch…), a los que pertenecían las grandes familias aristocráticas y las más poderosas e influyentes. Éstas solían residir en las ciudades y capitales de distrito, desde donde ejercían los altos cargos de gobierno y la administración, y recibían rentas y tributos procedentes de sus posesiones territoriales. Si bien en un principio las diferentes tribus sirio- árabes estuvieron enfrentadas entre sí, su progresiva hispanización les llevó a un intento de cierta cohesión para distinguirse nítidamente de la plebe. Esta singular actitud culminaría, sobre todo, tras la política puesta en marcha por el hachib Almanzor, quien intentó cercenar la privilegiada posición de los elementos sirio-árabes. Éstos, a modo de respuesta, se transformaron en un grupo solidario a la hora de defender sus prerrogativas y su prestigio como los más antiguos y acreditados musulmanes asentados en al-Ándalus.

IV.2.- Bereberes

Procedentes del norte de África, cuando se produce la primera llegada de bereberes a la Península Ibérica a principios el s. VIII su islamización era todavía relativamente reciente, de hecho, muchos de ellos aún desconocían el árabe. En cambio, desde los inicios de la conquista militar del reino visigodo, los bereberes ya eran numéricamente mucho más cuantiosos que los sirio-árabes. A pesar de ello, la mayoría de los contingentes norteafricanos fueron asentados en zonas montañosas y poco productivas, dedicándose de forma preferente a las actividades ganaderas. Unido a ello, su situación económica y consideración social fue siempre muy inferior a la del sirio-árabe, lo que, junto a ese desigual reparto de la riqueza y del poder, explica que los bereberes pronto protagonizasen frecuentes levantamientos contra el poder central cordobés, decidiendo algunos de ellos volver a sus tierras originarias a mediados del s. VIII. En cualquier caso, parece que la hispanización de aquellos elementos bereberes que no se marcharon entonces al norte de África también fue relativamente rápida. Sabemos que aquellos contingentes bereberes asentados de forma estable en la Península desde los tiempos de la conquista islámica se opusieron, dos siglos más tarde, a la nueva política de berberización impulsada bajo el régimen de Almanzor. Asimismo, también resulta ilustrativo de esta hispanización de los primeros bereberes llegados a la Península el hecho de que, tras la caída del Califato, éstos pudiesen hacerse con el control de algunos de los reinos de taifas entonces emergentes.

IV.3.- Muladíes

En unos términos numéricos, los hispano-visigodos que se convirtieron al Islam, conocidos como muladíes (de muwalladín, literalmente “engendrado de madre no árabe), constituyeron la amplia mayoría de la población andalusí. Parece que, en términos generales, esta masiva conversión al Islam de la anterior población hispana no fue forzosa. Entre las razones que pueden explicar este hecho se ha aducido el escaso nivel de cristianización de gran parte de la anterior población hispano-goda, pues muchos de ellos aún eran, de facto, prácticamente paganos, o bien continuaban próximos todavía a las doctrinas arrianas, más cercanas al dogma islámico. Por otro lado, no debemos olvidar las ventajas socio-económicas que suponía la mutación a la religión de los nuevos conquistadores, pues formar parte de la umma otorgaba, al menos en teoría, un estatuto personal idéntico al de los musulmanes.

Especialmente abundantes tuvieron que ser estas conversiones al Islam entre los campesinos, donde a un menor grado de cristianización se unieron las mejores condiciones vitales obtenidas tras abrazar la religión de Mahoma, tales como la libertad personal si carecían de ella, o la supresión de impuestos personales y territoriales. Resulta igualmente llamativa la rápida asunción entre los muladíes de parámetros culturales tradicionales de los árabes (costumbres, vestidos, nombres, lengua…), a lo que sin duda alguna tuvo que contribuir los numerosos matrimonios mixtos entre los invasores y estos hispano-visigodos progresivamente islamizados.

IV.4.- Dhimmíes

Bajo el término de dhimmíes quedaron englobados todos aquellos judíos y cristianos (llamados estos últimos mozárabes, del árabe mustarab o “arabizado”) que, según la doctrina islámica, practicaban religiones bíblicas y, por tanto, fueron considerados como “protegidos” del Islam. Ambos grupos gozaron de libertad personal y de culto, sin embargo, por el simple hecho de permanecer fieles a su religión, tuvieron que hacer frente al pago de dos impuestos especiales, uno de carácter personal (chizya) y otro territorial (jarach). Aquellas comunidades que

permanecieron firmes en su fe tras la conquista islámica parece que también conservaron su antigua organización interna, tales como jueces, recaudadores de impuestos propios, etc…. En parte por ello, tanto judíos como mozárabes optaron de forma preferente por asentarse en las principales ciudades de al-Ándalus, donde solían ocupar barrios específicos y desempeñar actividades económicas asociadas al espacio urbano. No en vano, especialmente en los primeros siglos de dominación islámica, algunos miembros de estas dos comunidades llegaron a desempañar importantes cargos cerca de los emires y califas. Sin embargo, esta situación de tolerancia hacia los dhimmíes por parte de las autoridades musulmanas comenzó a cambiar de forma sustancial a raíz de la llegada de almorávides y almohades, de ahí que muchos mozárabes y judíos decidiesen entonces emigrar hasta territorio cristiano.

IV.5.- Esclavos

Los individuos carentes de libertad personal siempre constituyeron un importante grupo dentro de la sociedad andalusí que, al igual que el resto de la civilización del Islam clásico, conoció la esclavitud. El origen étnico mayoritario entre los esclavos de al-Ándalus era, o bien negro -sobre todo sudaneses-, o bien eslavo. En cambio, la dedicación profesional y situación personal de estos esclavos podía ser tremendamente diversa, variando muchísimo entre aquellos dedicados al trabajo en el campo o en las grandes industrias, y otros ocupados fundamentalmente en el ámbito doméstico. Por otro lado, tampoco debemos olvidar la privilegiada posición alcanzada por algunos esclavos, ya fuese al amparo de poderosas familias de la élite sirio-árabe, o bien al lado de altos cargos o de los propios califas. De hecho, entre ellos solía reclutarse el cuerpo de mercenarios del ejército califal, los eunucos que estaban encargados del servicio del harem, etc…. (recuadro 7).

V. Bases económicas

Durante buena parte de su dilatada andadura histórica, al-Ándalus alcanzó un importante desarrollo económico. Éste fue especialmente significativo a lo largo de las tres primeras centurias de su existencia, particularmente durante el s. X, donde la estabilidad y eficacia de la estructura económica corrió paralela al esplendor político representado por el Califato de Córdoba. Este progreso económico al que nos referimos quedó pronto plasmado en la pujanza de la agricultura andalusí, así como en el dinamismo de su vida urbana y en la importancia adquirida por las actividades comerciales. La vida económica andalusí giró pues en torno a dos ámbitos diferenciados y, al mismo tiempo, relacionados de una forma íntima: el rural, especialmente centrado en la agricultura; y el urbano, solar predilecto de las actividades artesanales y comerciales.

V.1.- Sector primario

A lo largo de todo el arco cronológico sobre el que se extiende la presencia islámica en la Península Ibérica, la agricultura siempre constituyó la actividad económica básica y predominante. En todo momento ésta fue la que ocupaba a la mayor parte de la población, pues la tierra siguió siendo la vía principal de extracción de renta y, por ende, base fundamental de la riqueza. Por ello, buena parte del desarrollo económico andalusí se explica por la pujanza de su actividad agrícola. La tecnología empleada en la misma procedía, en términos generales, de técnicas heredadas de las épocas romana y visigoda. No obstante, éstas fueron perfeccionadas por los árabes, especialmente en lo referido a la extracción, almacenamiento y transporte del agua para uso agrícola (ilustración 20). De hecho, y prácticamente al igual que hoy día, también podemos distinguir en al-Ándalus entre las tierras de secano (ba’l) y las de regadío (sahy).

Las primeras estaban fundamentalmente destinadas al cultivo de cereales, sometidos al desigual régimen pluviométrico mediterráneo. Entre ellos destacan el trigo y la cebada, que siempre constituyeron la base fundamental de la alimentación andalusí. Aparte de cereales, en determinadas zonas se sembraron también leguminosas -habas, judías, garbanzos….-, alimentos de gran consumo entre amplias capas de la población hispanomusulmana. El segundo en importancia de los cultivos de secano era el olivo, cuya extensión se amplió durante buena parte de la dominación islámica. No en vano éste tenía una importancia capital en al-Ándalus, tanto por la enorme tradición encontrada en este sentido por los musulmanes a su llegada a la Península Ibérica, como por prescripciones de tipo religioso, pues el aceite desempeñaba un papel fundamental como sustitutivo de las grasas de origen animal. Finalmente, y pese a las prohibiciones coránicas en relación con el consumo de alcohol, el cultivo de la vid también estuvo muy extendido, completando así la clásica tríada mediterránea. En relación con este producto debe tenerse en cuenta que no sólo se consumía uva fresca y, sobre todo, seca, sino que parece que en al-Ándalus también se bebía mucho vino.

En las áreas de regadío el impulso dado por los nuevos conquistadores al uso del agua incrementó la extensión y fertilidad de los suelos irrigados, lo que explica la variedad de cultivos y la profusión de huertas en al-Ándalus. Al compás de este perfeccionamiento técnico, podemos destacar la elevada producción de productos hortícolas como alcachofas, berenjenas, espárragos…; o el impulso dado a la práctica de la arboricultura, particularmente a los cítricos.

Aparte de ello, tampoco debemos olvidar la introducción de nuevos cultivos de regadío, como los casos paradigmáticos del arroz o la caña de azúcar, y los progresos en la producción de plantas aromáticas (azafrán, albahaca, comino, ajonjolí…) y medicinales, o bien de especies industriales tales como el algodón, el lino o el pastel.

En la España islámica, el peso de la actividad ganadera fue, en términos relativos, menor al de la agricultura, pese a lo cual, su importancia para la alimentación y las actividades manufactureras no deben ser olvidadas. En este sentido, parece que el ganado bovino no fue muy abundante en al-Ándalus, estando mucho más difundido el ovino, debido a sus menores exigencias de pastos y a que su carne era la más utilizada en la alimentación. Asimismo, la llegada a la Península Ibérica de pastores y animales de origen bereber supuso una mejora de las razas ovinas, aparte del desarrollo de una trashumancia destinada a provechar al máximo la existencias de pastos. De la misma forma, debe ser justamente ponderada la importancia y fama de los caballos andalusíes, utilizados sobre todo como armas de guerra y como elemento distintivo de la aristocracia, donde también se mejoraron las razas, la belleza y resistencia de los equinos criados en al-Ándalus. Por último, podemos destacar la popularidad de la crianza de las aves de corral, y el desarrollo alcanzado tanto por la práctica de la apicultura como por la cría del gusano de seda.

V.2.- Artesanía e industria

Gracias al florecimiento general de la vida urbana y a una activa circulación monetaria, las actividades manufactureras y artesanales alcanzaron en al-Ándalus un desarrollo realmente notable. La existencia de una fuerte demanda interior estimuló el progreso de la artesanía, cuya producción pronto superó los estrechos límites del abastecimiento del mercado local para ser protagonista de una destacada exportación fuera de las fronteras andalusíes. Pese a esta importancia relativa de las manufacturas, es cierto que en al-Ándalus nunca llegó a existir un sector industrial propiamente dicho, pues sólo las grandes fábricas estatales de tejidos (tiraz) o de papel contaron con instalaciones y una importancia económica suficiente para ser consideradas como tal. Aparte de ello, la mayor parte de la producción manufacturara siempre estuvo estrechamente ligada al comercio diario, siendo muy frecuente la figura del artesano- comerciante, que fabricaba y al mismo tiempo vendía sus propios productos en una pequeña tiendecilla.

Dentro de la amplísima nómina de actividades artesanales llevadas a cabo en al- Ándalus, aquella que adquirió una mayor importancia fue el textil, debido en buena medida a la variedad y calidad de los productos elaborados. Tanto en los múltiples talleres privados diseminados por toda la geografía andalusí como en los estatales (tiraz) se tejieron brillantes piezas de lana, seda, algodón o lino; además de sus actividades anejas de cardado, hilado, tinte, etc… Otra manufactura destacable fue la que tuvo como materia prima preferente al cuero, cuya producción final gozaba de múltiples usos, y donde la ciudad de Córdoba alcanzó una fama internacional. Finalmente tampoco pueden olvidarse otras actividades industriales que, bien por el volumen de exportación, bien por la calidad de los productos elaborados, otorgaron similar fama al Islam peninsular. En este sentido merecen ser subrayados el trabajo del metal, la alfarería y la cerámica vidriada, la orfebrería, o del yeso y la madera…, donde la destreza de los artesanos andalusíes alcanzó cotas igualmente destacadas.

V.3.- Actividades comerciales

La producción agrícola-ganadera y la artesanal se encontraban íntimamente ligadas a su definitiva puesta en el mercado, pues las distintas actividades comerciales también alcanzaron un intenso dinamismo en al-Ándalus. Éstas adquirieron pronto una gran intensidad, tanto a pequeña escala -mercados locales y regionales-, como en lo que respecta al gran comercio internacional, el cual conectó pronto al Islam peninsular con el resto de la Europa cristiana y con otros puntos del mundo musulmán.

Generalmente, el pequeño comercio se llevaba a cabo en el interior del zoco, sin existir en muchos casos una solución de continuidad entre la fabricación del producto y su venta final. Por su parte, los intercambios de carácter regional, que solían servir para suministrar a las grandes ciudades de al-Ándalus de productos básicos, tendieron a localizarse en espacios más específicos, como las alhóndigas, dejando al mismo tiempo ya de ser una venta al detalle.

Más espectacular y significativo fue aún el comercio exterior, donde desde una fecha temprana al-Ándalus quedaría integrado en las grandes redes internacionales. En estos intercambios a gran escala podemos dibujar tres rutas principales: hacia la Europa del norte, desde donde llegaban a la España musulmana maderas, pieles, armas y metales y, especialmente, esclavos; hacia el continente africano, lugar desde donde se importaba oro sudanés y esclavos negros y se exportaba productos alimenticios y manufacturados; y Oriente, donde la balanza comercial parece que era deficitaria para al-Ándalus, pues las importaciones de productos de lujo (especias, libros, brocados…) siempre fueron mayoritarias.

Finalmente, todas estas actividades comerciales estuvieron constantemente lubricadas por la existencia de un sistema monetario estable, plasmado en dos monedas fundamentales: dinar (moneda fuerte, de oro) y dírhem (moneda de plata, de uso mucho más corriente); así como por un sistema de pesos y medidas (controladas por el almotacén) y unas rutas de comunicación e infraestructuras igualmente necesarias (calzadas, funduq o alhóndigas donde se almacenan productos y alojan mercaderes, alcaicerías, etc…) para un progresivo desarrollo de las intercambios.

VI. Manifestaciones artísticas y culturales

Uno de los principales logros del Imperio islámico consistió en recoger gran parte de la herencia cultural de las distintas regiones progresivamente conquistadas por los musulmanes. Precisamente por ello, una de las principales características de la cultura del Islam clásico se corresponde con su heterogeneidad de orígenes, aunando bajo su particular prisma oriental gran parte del legado cultural grecolatino, egipcio, persa, indio…. En lo que respecta a al-Ándalus, esta nueva provincia del Imperio también experimentó muy pronto los beneficios de la conquista islámica en el terreno cultural, pues en ella los caminos de difusión de técnicas y saberes fueron precoces y variados: instalación de tropas sirias, fomento de modelos culturales iraquíes en la corte de Abd al Rahman II, frecuentes viajes de intelectuales andalusíes a Oriente, relaciones comerciales… etc. De esta forma, y al igual que el resto de la civilización de la que formó parte, la cultura andalusí estuvo siempre impregnada de un trasunto oriental. Sin embargo, y debido a su nítida personalidad histórica, en la España islámica terminaron por desarrollarse también una serie de manifestaciones culturales con un sello propio, especialmente desde el s. X en adelante, momento en el que culminó la fusión de elementos orientales con otros procedentes de la tradición hispánica.

VI.1.- Producción científica y literaria

La manifestación literaria predilecta en al-Ándalus, al igual que en prácticamente toda la civilización del Islam clásico, fue la poesía. Ya desde el emirato de Abd al-Rahman I se inició la introducción en la Península Ibérica de la poesía árabe clásica, la qasida, una composición breve de origen anterior al nacimiento del Islam, de rígida estructura métrica monorrima y en la que los árabes solían cantan al amor y a la vida nómada. Entre los principales representantes andalusíes de la misma podríamos destacar a Ibn Abd Rabbihi, con sus Cantos al amor, o a Utman al-Mushafí, autor de Qasida de las estrellas. Pese a que la qasida continuó cultivándose, desde el s. X en adelante podemos hablar de una poesía propiamente andalusí. La difusión de clásicos temas literarios orientales y su contacto con las tradiciones romances de la Península Ibérica dará lugar a composiciones poéticas mucho más populares y específicas de al-Ándalus, como el zéjel y la mwasaja. Tanto uno como la otra se escribieron, bien en árabe vulgar, bien en romance, y solían recitarse acompañadas de música y danza. Cultivaron este segundo tipo de composiciones poetas como Hisham al-Marwaní, al-Malik ibn Suahyd con su Epístola de los genios inspiradores, o el cordobés Ibn Quzman (1100-1160). Mención aparte merece, sin embargo, la que probablemente sea la obra cumbre de toda la literatura andalusí: El collar de la paloma, de Ahmad ibn Hazm de Córdoba, un recetario poético de tema amoroso e ideas neoplatónicas donde se conjuga una fina prosa con abundantes poemas.

La historia fue otro de los géneros más temprana y profusamente cultivados en al- Ándalus, especialmente por la importancia que siempre tuvo la genealogía en una sociedad donde los vínculos tribales y las relaciones familiares eran tremendamente importantes (recuadro 11). Según destacados arabistas, como E. García Gómez, muchas de las obras de carácter histórico escritas en al-Ándalus muestran la conciencia de pertenecer a un mundo específico y singular dentro de la comunidad islámica. Entre las principales obras históricas andalusíes podríamos citar al anónimo Ajbar Machmua; a Ibn Abd Rabbihi, autor de El libro del collar; a Muhammad al-Razi, quien elaboró una Historia de los emires de al-Ándalus; o a Abu Bakr ibn al-Qutiyya y su Historia de la conquista de al-Ándalus; así como la Historia de los sabios de al-Ándalus, un curioso diccionario biográfico realizado por Muhammad ibn al- Faradi, erudito al servicio de Almanzor.

En lo que respecta a la producción filosófica, al-Ándalus estuvo muy influenciada por grandes pensadores de Oriente, como al-Kindi o al-Farabi. No obstante, una de las mayores aportaciones del Islam español fue su papel de transmisor del pensamiento clásico, especialmente griego, a la Europa Cristiano-Occidental. Algunas de las personalidades más destacadas de la reflexión filosófica andalusí fueron el ya citado Ibn Hazm, con su búsqueda de la verdad revelada; Avempace (1070-1138), para quien la ciencia podía servir para conocer todas las acciones del hombre con el fin último de llegar a la espiritualidad absoluta, y cuyo conocimiento enciclopédico le llevó a comentar a los grandes autores griegos (Aristóteles, Galeno, Euclides); y por supuesto Averroes, conocedor directo de Aristóteles, cuyo pensamiento esencialmente racionalista le llevó a intentar compaginar fe y razón (ilustración 23).

En el cultivo de otras ciencias, los musulmanes también recogieron las distintas tradiciones culturales con las que fueron entrando en contacto (griega, persa, hindú…). Ahora bien, éstos no se limitaron a copiarlas, sino que intentaron adaptarlas a sus propias necesidades.

Además, debemos tener en cuenta que en Oriente muchos califas favorecieron tempranamente la traducción de obras antiguas y, gracias a al-Ándalus, estos conocimientos terminaron llegando a la Europa Occidental. Entre los célebres matemáticos andalusíes podríamos citar a al- Zargali y al-Mayriti. La astronomía fue asimismo una ciencia igualmente querida por los árabes, puesto que entroncaba con su pasado en el desierto y las religiones preislámicas. Por ello, y a pesar de la puntual persecución por parte de algunos alfaquíes malikíes, el conocimiento astronómico fue brillantemente cultivado en al-Ándalus, destacando Maslama al-Machrití o Ibn al- Samh. La práctica de la medicina igualmente alcanzó un pujante desarrollo, especialmente a partir del s. X, cuando se cuenta ya con una traducción íntegra de la obra de Dioscórides; sin embargo, serán los judíos quienes más destacaron en la práctica médica, con personalidades tan importantes como Hasday ibn Saprut -médico personal de Abd al-Rahman III-, aunque también hubo notables representantes musulmanes, como Abu al- Qasim, autor de una muy famosa enciclopedia médico-quirúrgica.

VI.2.- Arte hispanomusulmán

La compleja evolución política del Islam español tuvo un lógico correlato en el terreno de las manifestaciones artísticas. Entre las más brillantes edificaciones de su etapa califal es innegable que el protagonismo reside en la gran mezquita de Córdoba, obra cumbre de la civilización andalusí. Igual ornato y fastuosidad debió tener la ciudad palatina de Madinat al-Zahra, levantada por Abd al-Rahman III con la doble finalidad de dotar al estado de una plataforma político-administrativa y de prestigiar la propia dignidad califal al convertirla en su residencia oficial.

Tras la caída del Califato se produjo un impulso a las construcciones de carácter militar y defensivo, debido a las necesidades de los distintos reinos de taifas, así como a los palacios y residencias lujosas de estos pequeños reyezuelos. En tales edificaciones se pone de manifiesto el desarrollo de nuevas aportaciones artísticas, como la mayor esbeltez de las construcciones fruto del alargamiento de columnas y capiteles, o una complejización en la decoración de los arcos, donde la simplicidad del arco de herradura da paso a los polilobulados y mixtilíneos. Algunos ejemplos de ello podemos encontrarlo en los palacios de Galiana en Toledo, o de la Aljafería en Zaragoza (ilustración 26), así como en las alcazabas malagueña y almeriense. Almorávides y almohades, sin embargo, despreciaron el lujo decorativo y se mostraron más partidarios de la sencillez. De acuerdo con este ideal ascético, su arquitectura se caracteriza por una enorme austeridad, en la que predominan amplísimos espacios vacíos donde poder descansar la vista. No obstante, los almohades también introdujeron algunas aportaciones como la potenciación del uso del pilar con respecto a la columna, el arco de herradura apuntado, o la decoración a base de paños de sebka, elemento con forma de retícula oblicua, a modo de entrelazado geométrico romboidal. Los principales monumentos de esta época se erigieron en la que fue su capital administrativa en al-Ándalus: Sevilla, donde tanto el espléndido alminar de la mezquita aljama por ellos levantada (la famosa Giralda), como la Torre del Oro.

El reino nazarita recogió todas las aportaciones artísticas anteriores para llevarlas a su máxima expresión decorativa, creando así un arte refinado y autosuficiente que alcanza en La Alhambra su más evidente ejemplificación. Entre los elementos arquitectónicos más significativos podemos destacar el uso ciertas técnicas decorativas como el ataurique y los alicatados con cerámica vidriada, y la profusión del ornamento: las columnas alargan su fuste adquiriendo esbeltez, los capitales ganan en decoración con mocárabes, las bóvedas se recubren de profusa yesería y los espacios diáfanos se llenan de arcos que sólo decoran.