Después de haber visto qué somos (animales racionales) y quiénes somos (personas), encaramos el estudio de una de las dimensiones más fundamentales del hombre: la interpersonalidad. Ser persona significa ser con otros, ser para los otros. No cabe entender una persona aislada del resto de personas, como iremos viendo.

LA INTERPERSONALIDAD, EL AMOR Y LA AMISTAD

El hombre, animal comunitario.

Aristóteles definió al hombre como “zoon politikon”, que suele traducirse como “animal político”. Pero hay que entender el sentido de esta expresión “político”, viene de “polis”, que en griego significa “ciudad”, con lo cual, lo que quería decir Aristóteles al afirmar que el hombre es un animal político era que el hombre es un animal ciudadano, un animal que vive en ciudades. Pero cabe preguntarnos aún qué entendía Aristóteles por ciudad.

Para él una ciudad, eran las ciudades griegas ( mas parecidas a nuestros pueblos): núcleos urbanos donde los ciudadanos se conocen entre sí. Esta última característica es determinante. Por ello, creemos que la traducción más correcta de la expresión de Aristóteles no será ni animal político ni animal social, como también se ha traducido, sino mejor: “animal comunitario”.

La palabra “comunidad” es preferible a la palabra “sociedad” por varias razones, la principal quizá, es que la palabra sociedad es más impersonal que la palabra comunidad. Tendemos a usar la palabra comunidad cuando nos referimos a un grupo de personas que se conocen y se tratan.

En el fondo, como decía F. Tönnies, sociólogo alemán, la sociedad (o asociación) es aquel grupo de personas donde los presentes están ausentes, mientras que la comunidad es aquel grupo de personas en el que los ausentes están presentes

El ser humano, pues, siempre ha vivido en comunidades. Aristóteles decía que quien no vive en comunidad con los demás es porque está por debajo de lo humano, asemejándose a algunos animales de vida solitaria, o está por encima de lo humano, asemejándose a los dioses independientes y autárquicos, que no necesitan de nadie.

Sin embargo, nadie puede sacudirse a los otros de encima tan fácilmente. Aunque yo decida cortar toda relación con los otros, los otros me han hecho persona. Para ser, para existir, se ha necesitado al menos la relación de dos personas “en el principio era la relación”. Pero no solo: para poderme desarrollar plenamente como persona han hecho falta, además de mis padres, todas las personas con las que me he ido encontrando en la vida, sin las cuales no hubiera madurad como persona

Por ello, podemos afirmar varias cosas. Por ejemplo, que la vida humana sin relación con los otros es imposible (ni siquiera hubiéramos nacido). Además, la vida humana en soledad radical es un fracaso. Recordemos las manifestaciones del ser personal: autoconsciencia, libertad, intimidad, diálogo y donación. Resulta que la autoconciencia es un paso posterior a la conciencia de los otros (el bebé antes cae en la cuenta de que existen los demás de que existe él mismo); la libertad sólo tiene sentido en relación con los otros; la intimidad es el reducto interior que sólo yo conozco, pero si no hay nadie más con quien comunicarlo tampoco tiene

mucho sentido hablar de él; además, el diálogo necesita de otro que me escuche; y, en fin, la capacidad de dar se frustra si no hay alguien que reciba aquello que doy, si, en definitiva, no hay nadie a quien me pueda entregar. Por ello la vida humana en soledad radical es un fracaso.

La persona, ¿ser para uno mismo o ser para los demás?

Desde la filosofía no siempre se han tenido tan en cuenta las relaciones con los demás.

Si hay algo que caracteriza la modernidad filosófica (de Descartes en adelante) es, precisamente, el solipsismo e individualismo a que se suele ver abocada.

Recordemos, por ejemplo, que para Descartes la primera certeza indubitable es “pienso, luego existo”. ¿Quién piensa? Yo; ¿quién existe? Yo. Descartes no sabe si tú existes de veras o eres un fantasma; pero de lo que está seguro es de que yo, el ser pensante que habla, existo. ¿Esto no es individualismo? Y sin embargo, como acabamos de decir, la evolución psicológica del niño demuestra que antes se cobra conciencia de la existencia de los otros que de la propia.

Feuerbach fue uno de los filósofos que puso en primer plano el tema de las relaciones. Para él, el principio de todo es la relación entre yo y tú; sin esta relación, todo cae y nada tiene sentido; por ello puede decir que “ser es amar”. Martin Buber, filósofo judío, siguiendo su estela, dirá que existen dos palabras fundamentales: la palabra yo‐ tú y la palabra yo‐ eso. La palabra fundamental yo‐ tú designa la relación que el hombre tiene con sus semejantes, con las personas; la relación yo‐ tú es una relación de gratuidad, de respeto y de dejar que el otro se me muestre. Por ello, sería una aberración hablar a los demás con la palabra fundamental yo‐ eso, porque lo propio de la relación entre personas es descubrir que yo no soy sin ti, ni tú eres plenamente si mí.

  1. Mounier, filósofo francés, fue el representante más conocido de esta corriente, el personalismo, y afirmaba que el ser humano es encarnación, vocación y comunión. El personalismo es el punto de vista que pone a la persona en el centro, por delante siempre de las cosas.

El amor

Si preguntamos qué es el amor, cualquiera podría comenzar la definición diciendo: “El amor es un sentimiento que …”. Sin embargo hay que distinguir el amor del sentimiento. El amor no es un sentimiento, aunque tiene que ver con él. Para percatarnos de hasta qué punto es cierto esto, basta considerar aquellas ocasiones en las que se desatan en nosotros sentimientos muy negativos hacia personas que queremos, pero esto no significa que no lo queramos.

El amor es algo demasiado importante como para que quede en manos de los sentimientos, que no controlamos y nos llevan de un lado para otro. Dicho esto, hay que tener igualmente en cuenta que lo lógico es que el amor hacia una persona tenga como consecuencia sentimientos que acompañen al amor.

Amar es querer el bien del otro, amar es querer al otro por ser quien es, no por lo que tiene o por lo que hace. El amor no es cosa del sentimiento, sino del querer; es decir: de la voluntad.

Amamos con la voluntad. El amor, si es verdadero, es libre, por ser un acto de la voluntad. Si el amor fueran sentimientos, no seríamos dueños del amor que desplegamos hacia los demás.

En torno al amor podríamos establecer una serie de jerarquía u orden: las personas por delante de las cosas. Igualmente hay un desorden en el amor. Existe amor desordenado cuando se ama con valor de fin lo que únicamente tiene valor de medio; es decir, cuando absolutizamos las cosas y las ponemos por delante de las personas. Existe desorden en el amor cuando queremos con valor de medio aquellos que debería ser un fin en sí mismo; es decir, cuando queremos a las personas utilizándolas para nuestros propios intereses. Del mismo modo, se puede hablar de un amor desordenado cuando amamos a las personas sin querer ninguna cosa buena para ellas: separando el fin de los medios. Un amor que no se concreta en el detalle no es amor.

Tradicionalmente se han distinguido dos tipos de amor, delimitados por dos conceptos griegos: Eros y Ágape. El amor de Eros es un amor de necesidad, es un amor que nace del deseo del otro, que busca al otro para perfeccionarse. Se trata de un amor que dice: “Te quiero porque te necesito(hijos con los padres). Pero hay también un tipo de amor llamado Ágape, que es un amor de benevolencia, un amor de sobreabundancia. En este amor no se necesita al otro para nada, y sin embargo se le quiere. Se trata de un amor que dice: “Te quiero, aunque no te necesito” (el amor que sienten los padres por sus hijos.)

La amistad

4 Ways to Build a Culture of Friendship--and Why It Matters | Inc.com

La amistad es un tipo concreto de amor. Además, es un ingrediente de la vida feliz, porque como decía Aristóteles, la vida sin amigos no es una vida que pueda llamarse feliz. Ahora bien, ¿cuáles son las características del amor propio de los amigos?

En primer lugar parece que ha de ser un amor recíproco, de correspondencia. Además ha de haber conocimiento mutuo, porque no pueden ser amigos dos que no se conocen. Hace falta igualmente cierta convivencia, un cierto compartir la vida en alguno de sus aspectos. La amistad es gratuita y libre, porque no se puede exigir ni obligar. E igualmente parece requerir de cierta simetría entre los amigos, un cierto estar al mismo nivel.

Aristóteles delimita sabiamente dos tipos de amistad : la amistad sustancial y la amistad accidental.

La amistad sustancial es la amistad de los buenos y virtuosos, que se quieren por ser quienes son, y no por elementos accidentales a ellos mismos. En la amistad accidental, por su parte, se quiere al otro bien por la utilidad que el otro me proporciona, bien por el placer que me da; y tanto la utilidad como el placer no son lo que el otro es, sino lo que el otro tiene, hace o me da, esta terminara cuando se acabe la utilidad, mientras que la otra durara para siempre.